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Antillano Campos, ágora sagrado de la cerámica trianera

San Jorge finaliza en un brusco giro hacia la derecha. Por la izquierda se incorpora a ella la calle Antillano Campos, creando un rincón único en el barrio, ágora sagrado de la cerámica trianera. Porque estaréis a los pies de la Prudencia y el Trabajo, las dos alegorías que pintara Manuel Arellano Campos hacia 1900, ubicadas entre los balcones de la tienda de Cerámica Triana. Entre sus puertas cuatro niños querubines, las musas de los maestros ceramistas, juguetearán ante vuestra vista ajetreados en las labores artesanales del alfarero: modelando en el torno, pintando sobre un caballete, introduciendo azulejos en el horno y mostrando un plato ya finalizado. Todo el conjunto forma una fachada única donde se resume la esencia de la cerámica trianera.

Desde su fundación, además de cacharros, ladrillos y tejas de barro, en Triana se ha elaborado siempre cerámica artística, utilizando los almohades los azulejos alicatados que aquí se fabricaban para revestir los zócalos de sus casas. Paños de azulejería que además de embellecer las paredes las protegía de la humedad que subía desde el suelo. La tradición continuó con la llegada de los cristianos y el arte mudéjar.

Pero sería Francisco Niculoso, ceramista de Pisa, el que revolucionaría este arte instalando su taller en Triana en el último tercio del siglo XV, aprovechando sus hornos árabes. Él fue quien introdujo la técnica del azulejo plano, llamado pisano en su recuerdo, pintado a pincel como si de un lienzo se tratara, utilizando óxidos metálicos recubiertos con un baño de esmalte de estaño y vueltos a cocer, lo que se llegaría a conocer con el tiempo como cerámica sevillana.

Esta industria experimentó un gran desarrollo a causa del comercio con las Indias durante el siglo XVI, cuando se generalizaron las viejas técnicas andalusíes de decoración en relieve, como las llamadas de cuerda seca y de cuenca o arista. Durante el XVII se propagó el uso de la cerámica para adornar las fachadas y las torres de las iglesias, por lo que se multiplicaron por todo el barrio los talleres y alfares, aunque disminuiría la calidad de los trabajos.

Se tiene constancia de este auge de la cerámica sevillana por numerosos testimonios, entre los que destaca la cita del viajero alemán Diego Cuelbis, que visitó Triana en el año 1599, que llegó a referir que

 

Aquí se haze mucha y muy buena loça o bedriado blanco y amarillo, ay casi cincuenta tiendas. Hazese también azulejo muy polido y con mucha differencia de colores. Es muy barato; de que los mercaderes flamencos, franceses y otros llevan infinita quantidad para Francia, Flandes y Inglaterra.

Sin embargo, la llegada del siglo XIX, con la invasión napoleónica y las desamortizaciones sucesivas que la siguieron, destruyó la demanda de cerámica y por tanto la actividad industrial del barrio.

En 1841 se instaló la fábrica de loza inglesa de Pickman en el desamortizado Monasterio de la Cartuja, evitando de algún modo la desaparición definitiva de esta ancestral industria. Pero el verdadero impulso lo dio a finales de la centuria José Gestoso y Pérez, erudito sevillano que además de escritor, periodista y arqueólogo era un gran ceramista, consiguiendo recuperar las tradicionales labores alfareras de Triana así como los diseños antiguos de los azulejos sevillanos, facilitando junto con los duques de Montpensier el resurgir de la cerámica artística en la ciudad como respuesta a las técnicas de procedencia inglesas de La Cartuja, modos que quedaron definitivamente restablecidos con la llegada de la Exposición de 1929 y el regionalismo que ésta dejó en herencia.

Y el azulejo. Siglos lleva Triana laborando esta bella artesanía, desde que el mudejarismo impuso la cuerda seca para sustituir a los mosaicos árabes, de difícil y armoniosa lacería, con el de cuenca y con el llamado pisano, en honor de Niculoso; alicatados para zócalos de palacios y de templos, cuadros de cerámica plana y policromada, como el de la fachada de la Caridad y los que, andando el tiempo, se hicieron para la plaza de España.

De esta forma recuerda Manuel Ferrand en su libro Calles de Sevilla el vínculo de Triana con el azulejo artístico. En él, además, describe cómo eran estos viejos alfares:

Casas de interiores laberínticos, porque son sumas de varias con azoteas yuxtapuestas y patios que se comunican por pasadizos a diferentes niveles. Huele a tierra húmeda, a leña amontonada y a leña quemada. Aquí se moldea, cuece, pinta y se vuelve a cocer el barro del cacharro o de la loseta; un trajín artesano que se ofrece al visitante como de soslayo, mientras se le muestra, en exposición, las piezas acabadas.

Varias generaciones de industriales ceramistas ocuparon esta esquina donde ahora estáis, sus talleres y sus alfares, desde el siglo XVI. Y aquí estuvo desde 1870 la Fábrica de Cerámica Artística Antonio Gómez, regentada por su viuda durante muchos años, recibiendo incluso la visita de la reina doña Victoria Eugenia en 1908, cuando ya había pasado a ser Cerámica Corbato, Cerámica Montero desde 1920 y desde 1939, Cerámica Santa Ana, cuando los hermanos Enrique y Eduardo Rodríguez Díaz, comerciantes de loza y cristal, cogieran el traspaso que dejaba Manuel Montero, delegando la dirección artística en Antonio Kiernam Flores, a esas alturas afamado pintor ceramista afincado en Triana y formado en los talleres de Manuel Rodríguez y Pérez de Tudela, de quien era sobrino, y de la empresa Cerámica Santa Isabel, creándose entonces la sociedad mercantil Cerámica Santa Ana, Rodríguez Díaz y Hno, S.L.

Será Kiernam quien ejecutará los cuatro niños querubines de la fachada en 1948 y Facundo Peláez y Manuel Soto el rótulo de la empresa pintado a la cuerda seca. Desde entonces y sobre todo en la década de los años cincuenta y sesenta los retablos, cacharros, azulejos, platos, loza y letras de Cerámica Santa Ana adquirirán fama y prestigio en toda Sevilla e incluso en toda España.

Los hijos de Enrique, Eduardo no tuvo descendencia, los hermanos Rodríguez García, heredarán el negocio, regentándolo durante toda la segunda mitad del siglo XX. En la última etapa han dirigido la empresa dos representantes de la tercera generación, hasta que Cerámica Santa Ana se extinguiera en el año 2013.

Sus hornos de leña dejaron de funcionar en la década de los años setenta del siglo pasado, cuando se prohibieron por la contaminación que producía el humo de sus chimeneas, siendo sustituidos por hornos eléctricos. Sus talleres, almacenes, pozos y depósitos de pigmentos han estado en uso hasta hace menos de una década.

Desde septiembre de 2013 está instalada en este local Cerámica Triana, empresa afincada hasta entonces en la cercana calle Antillano Campos, abriéndose un año después en la antigua zona fabril de Cerámica Santa Ana el Centro de la Cerámica de Triana, lugar expositivo donde se muestra la tradición alfarera y ceramista del barrio, queriendo, además, ser un punto de recepción del visitante de Triana.

La entrada es por la puerta ubicada junto a la tienda, debajo del piso donde viviera Kiernam Flores. El autor de estos Callejeos tuvo la oportunidad de recorrer el museo acompañado de Antonio Rodríguez y de José Manuel González, los últimos miembros de la familia propietaria que trabajaron en la empresa, disfrutando de sus explicaciones y recuerdos. Y así pudimos visitar los antiguos hornos históricos entre los que se encuentra el diseñado por Kiernam para los trabajos más delicados, los talleres de los ceramistas, las tablas de oreo de las piezas, los tableros donde se pintaban los paneles de azulejos, los depósitos de arcilla, los molinos donde se molturaban los colores fabricados allí mismo, el torno donde se hacían los cacharros, los recipientes de los pigmentos llamados almágenas e incluso un viejo pozo de agua. En la planta alta, sin embargo, se encuentra el salón de actos y las salas de exposiciones, donde se puede contemplar numerosas piezas seleccionadas por el profesor Alfonso Pleguezuelo procedentes del Museo Arqueológico de Sevilla, del de Bellas Artes, del antiguo convento de Santa Clara y de la colección de Vicente Carranza, además de numerosas obras procedentes de Cerámica Santa Ana.

Cuando salgáis del Museo de la Cerámica y antes de continuar callejeando no dejad de observar en la esquina de la calle Antillano Campos con San Jorge un pequeño azulejo que sintetiza, con una quintilla popular, el sentir alfarero de todo un barrio:

Oficio noble y bizarro

entre todos el primero,

pues en la industria del barro

Dios fue el primer alfarero

y el hombre el primer cacharro.

En la otra esquina, en el número 27, abrió sus puertas en 1984 la tienda-exposición de Cerámica Ruiz, uno de los herederos del alfarero Sebastián Ruiz Jurado, fundador en el año 1939 de Cerámica Santa Isabel en la cercana calle Antillano Campos, con quien trabajará durante una década Kiernam Flores. Alfonso Orce realizó en 1992 los impresionante paneles cerámicos de su fachada.

Continuará.

José Javier Ruiz,  del libro “Callejeos por Triana”

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