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La Plaza del Altozano

La Plaza del Altozano era primitivamente un cruce donde se unían los caminos reales de Castilleja, Tomares y de San Juan de Aznalfarache, caminos que iban a morir junto al castillo, enclave muy transitado por su conexión con el puente y muy castigado por las sucesivas inundaciones, como Ariaño nos narró en sus Sucesos:

(…) y jueves 20 de Henero, día de San Sebastián. Amaneció el río salido, y estaba el agua pasada la cruz del Altozano, enfrente de mi puerta, y vi venir muchos barcos al garete y se ahogó mucha gente, y una nao que estaba junto á la puente se desparramó y fué a dar á San Juan de Alfarache, y un muchacho que había quedado á guardar un barquillo aquella noche debajo de la puente, y se hundió y se ahogó el muchacho (…)

Su nombre aparece recogido por primera vez en el padrón de 1533 como Altozano de Triana, cuando debía ser una gran explanada formada por casas con soportales y un amplio arenal en la orilla del río desde donde arrancaban las calles ahora llamadas San Jacinto, San Jorge y Pureza. La cruz que refiere Ariño tenía una hermandad con sede en el convento de la Victoria y en ella se daban sermones los domingos de Cuaresma. Comerciantes, tabernas, posadas y numerosos talleres del gremio de los olleros fueron ocupando el lugar, que se convirtió en el sitio de encuentro de las dos Trianas, la marinera del sur y la industrial del norte.

En 1787 sufrió el Altozano una importante primera reforma al ser derribada la coracha exterior del castillo, ya abandonado por la Inquisición, que daba a la plaza, utilizándose los escombros para elevarla, ensanchándose la entrada del puente en unas diez varas y construyéndose una habitación para el cuerpo de guardia que vigilaba el paso hacia Sevilla. Aunque la transformación mayor ocurrió cuando comenzó la demolición del castillo y la construcción del mercado, que ocuparía gran parte del solar de la antigua sede de la Inquisición, como ya se ha dicho. Pero el nivel del Altozano tuvo que elevarse de nuevo para recibir la rampa que bajaba del tablero del nuevo puente, echándose abajo el primitivo caserío de casas porticadas ya en 1880.

Así que pasad la vista por el Altozano actual y la imaginación por el del pasado para así rescatar del olvido tantos sitios y tantas personas que aquí estuvieron época tras época.

La plaza del Altozano es un lugar mágico. Será porque es un punto alto que domina a Sevilla y a Triana, que son reinas de lo sobrenatural, será porque por él rondó la Inquisición y lo dejó poblado de espíritus, la realidad es que allí se palpa un aura especial que conmueve al corazón sensible y predispuesto. Y, por eso, está lleno de maravillosas leyendas (…)

 

Así describe este lugar el ingeniero de Caminos y catedrático de la Escuela de Arquitectura de Sevilla, José Luis Manzanares Japón, en su libro Ana publicado en 1996, una recopilación de artículos llenos de moralejas y enseñanzas, muchos de ellos escritos para el periódico ABC en su columna llamada precisamente Altozano.

En el prologo, Manuel Olivencia, catedrático de la Universidad de Sevilla, dijo de Manzanares Japón que era

un vecino de Triana que sube a su Altozano, un pequeño cerro en la margen derecha del río, para convertirlo en observatorio y anotar en sus artículos los resultados de su contemplación y de su reflexión.

Este puede ser un buen momento para recordar la que fuera conocida como Batalla del Altozano o del Puente de Triana.

Sevilla sufría ya dos años de ocupación francesa cuando en el verano del año 1812 tropas españolas procedentes de Huelva consiguieron llegar a Castilleja de la Cuesta. Venían acompañadas de sus aliados británicos y portugueses con la intención de liberar la ciudad, y para ello debían cruzar el Guadalquivir por el único sitio posible, el puente de barcas de Triana.

Pero el general francés Soult, que gobernaba Sevilla, adivinó sus intenciones y ordenó atrincherar en el Altozano numerosas tropas. Era el día 27 de agosto y un calor sofocante fue testigo de la batalla. Según cuentan las crónicas fueron necesarios hasta tres intentos para que las tropas aliadas consiguieran tomar el puente. Tropas entre las que se encontraba un peculiar personaje, el escocés John Downie, un aventurero al servicio del duque de Wellintong que comandaba la Leal Legión Extremeña, batallón formado por soldados voluntarios. Según cuentan, el escocés llevaba la espada de Francisco Pizarro, regalo de una descendiente del conquistador, cuando cayó herido en el Altozano tras una carga a caballo. Sus tropas intentaron rescatarlo pero solo consiguieron recuperar la espada que éste les lanzó desde la distancia.

En su huida, los franceses se llevaron prisionero al escocés, al que abandonaron moribundo en Marchena.

Tras esta victoria Sevilla quedó libre, al fin, de la invasión francesa. Por lo sucedido en el Altozano y por la lucha de los sevillanos contra los franceses Fernando VII otorgó a la ciudad el título de Muy Heroica.

Continuará.

José Javier Ruiz,  del libro “Callejeos por Triana”

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