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Si lo encontráis abierto entrad en el Museo del Castillo de San Jorge

En tiempo de la Inquisición el castillo era una verdadera ciudadela, donde se levantaban numerosas edificaciones que se comunicaban por calles empedradas provenientes de las tres entradas principales. También se situaban en su interior las cárceles, unas treinta llamadas bajas o secretas y otras doce altas, ubicadas en las torres del castillo, lugar donde se desarrollaban los interrogatorios y torturas, celebrándose los autos de fe en la plaza de San Francisco o en alguna iglesia, como la de San Marcos en Sevilla o Santa Ana en Triana.

Hasta este lejano castillo venían desde Sevilla los testigos llamados a declarar en las causas que continuamente se estudiaban, como la escena que recrea el novelista Jesús Sánchez Adalid en su libro Y de repente, Teresa:

No por ello María va tranquila, sino que siente oprimírsele el corazón, cuando ve, en la orilla opuesta, la sombría estampa del castillo de San Jorge, con sus torres espectrales recortándose en el frío albor, los estandartes sinuosos y las herrumbrosas cruces de hierro.

Una gran riada en 1626 obligó a la Santa Inquisición a irse a Sevilla, a la collación de San Marcos, hasta el año 1639, cuando regresó de nuevo al castillo. En 1785, ya con la vieja fortaleza amenazando ruina por las continuas inundaciones, el tribunal se marchó definitivamente al edificio del Colegio de las Becas, junto a la Alameda de Hércules, cuando lo abandonaron los padres jesuitas tras la expulsión sufrida. Una procesión de presos cruzó el Puente de Barcas con mucho sigilo la noche del 29 de noviembre de aquel año. Después, la corona entregó el castillo a la ciudad, que acabó derribándolo entre los años 1800 y 1803.

El arquitecto mayor del cabildo Félix Caraza proyectó una plaza de abastos en el solar del viejo castillo donde poder trasladar los puestos de verduras, bacalao, carne y frutas, tenderetes de venta de agua e incluso un gran palenque donde se vendía pan, que habitualmente se instalaban en la Plaza del Altozano, mercado que impedía el paso a los numerosos carruajes y bestias que entraban y salían del puente, atascándose éste con frecuencia con el consiguiente peligro. Aunque no sería hasta muchos años después cuando se conseguiría inaugurar la Plaza de Abastos de Triana:

Día 13 de marzo año del Señor 1825, y 18 del reinado del señor Don Fernando Séptimo, Q.D.G. Siendo asistente de Sevilla en Comisión del Excmo. Sr. D. José Aznares Navarro, del Consejo de S.M. En el estado, se abrió esta plaza para el mejor orden y comodidad en el abasto de los vecinos de Triana.

Este es el texto de una lápida colocada sobre la puerta del mercado que daba al Altozano. Estaba escrita en latín y fue traducida por el historiador Félix González de León en su libro Noticias Históricas de los nombres de la calles de esta muy noble, muy leal y muy heroica ciudad de Sevilla, publicado en el año 1839. También nos describe en él cómo era el mercado:

La plaza es cuadrada: alrededor en los cuatro ángulos tiene cajones ó casitas iguales, y en el centro cuatro cuarteladas de arcos cubiertos para las ventas de comestibles, y es toda de material, con cuatro puertas para cada frente; las tres practicables, y la otra, baja al rio para surtir de agua la plaza.

 

La construcción del puente de Isabel II amputó el extremo sur del mercado. El resto llegó hasta el año 1990, cuando se decidió construir uno nuevo. Para ello los placeros se trasladaron a un mercado provisional en la calle Alfarería, derribándose la vieja plaza. Durante las obras, los arqueólogos descubrieron el tesoro que guardaba en sus cimientos: los restos del antiguo castillo y bajo ellos numerosísimos enterramientos almohades, una auténtica maqbara de los siglos XII y XIII.

Esto hizo replantear el proyecto, rescatando todo lo que se pudo y desarrollando un plan de rehabilitación y museografía: el actual Museo del Castillo de San Jorge

Si lo encontráis abierto entrad sin dudar. Merecerá la pena.

La exposición está titulada Un Marco para la Reflexión, teniendo como objetivo explicar el funcionamiento de la Inquisición y del propio castillo que la albergaba. Aunque realizando un planteamiento contemporáneo sobre la represión, la intolerancia y el fanatismo.

Primero se transita por la planta alta, la Sala Sensorial, donde se pretende que el visitante se sienta victima de la Inquisición, sufriendo el abuso del poder y siendo objeto del juicio de valor. En la planta baja ya se discurre entre los restos del antiguo castillo, pisando el mismo suelo que pisaron los inquisidores y sus víctimas. La exposición se estructura en diferentes espacios como son la Barbacana, la Pasarela Interpretativa, el Teatro Multimedia, la Galería de Personajes y el Muro de la Reflexión.

Y así conoceréis lo que queda de la puerta de barcas, entrada utilizada cuando las grandes arriadas bloqueaban la principal que daba al puente, los restos de las cuadras, de la casa del portero, de las casas del nuncio o delegado papal y del notario, así como los restos de las casas de los llamados familiares, empleados que aunque no recibían sueldo sí gozaban de privilegios y franquicia y que se dedicaban a espiar o informar así como proteger a los miembros de la Inquisición. Podían llevar armas y sólo ser juzgados por los inquisidores. También podréis contemplar los restos de la capilla de San Jorge, partes del pórtico exterior y parte de la nave, con la base del altar y la sacristía, así como lo que queda de la que fuera casa del primer inquisidor, una vivienda de dos plantas formada por salones, cocina con despensa y pozo, bodega, cuadras y torre mirador frente a la ciudad.

Seguramente saldréis impactados, habiendo vivido de cerca el horror que debió existir entre esos muros pero emocionados de haber estado dentro del famoso castillo de San Jorge.

Este será el momento de realizar una visita mucho más agradable al Mercado de Triana, el que se inauguró en el año 2001. O a la plaza, a secas, como siempre se le ha dicho en el barrio.

En su fachada veréis una bella placa de azulejos que recrea una escena del viejo mercado y otra donde se recuerda

que en esta plaza del Altozano, el día 2 de junio de 2007, fue coronada canónicamente Ntra. Sra. de la O por el cardenal Carlos Amigo Vallejo, ante la presencia del barrio de Triana.

Ahora entrad y sumergiros en un ambiente único, en un mundo aparte donde caminaréis entre puestos de especias y legumbres, entre semillerías, pollerías, tiendas de recova y huevos, jamonerías y charcuterías, entre pescaderías de fresco y congelados, carnicerías, encurtidos, mostradores donde se amontonan frutas y verduras o donde se venden zumos y repostería casera. Incluso entre un cocedero de marisco, una tienda de aceitunas o una de pasta italiana, entre puestos donde despachan lechazos selectos o donde se fabrica cerveza, entre una ostrería, quesería, confitería o floristería, además de un taller de cocina o alguna cafetería o abacería que permite al lugar seguir vivo en horarios no comerciales. Porque la plaza de Triana sigue abierta incluso los días festivos, pudiendo cervecearse en ella o incluso asistir a obras teatrales en el Teatro Casala. Pero sobre todo os permitirá sumergiros en uno de los corazones de Triana.

En su libro Triana. Sitios y Presencias, el escritor trianero Ángel Vela Nieto llegó a decir de este lugar:

(…)Nadie se ha hecho rico ofertando en este mercado, y eso que hay mostradores que conocieron varias generaciones de la misma familia, ni nadie salió con un amigo menos de aquí. La gente se interesa antes por la salud del vendedor que por la de la merluza, y éste lo agradece con unos gramos de más en el peso (…)

Continuará.

José Javier Ruiz, del libro “Callejeos por Triana”

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