home Callejeos por Triana, Turismo Tras visitar la plaza de abastos salid y cruzad al otro lado del puente.

Tras visitar la plaza de abastos salid y cruzad al otro lado del puente.

 

Después del gratificante paseo por esta plaza de abastos con tanta personalidad, salid y cruzad al otro lado del puente. Frente a la capilla del Carmen veréis el actual Restaurante María Trifulca. Su reloj marca el tiempo oficial de Triana y su carrillón da las horas con compases por soleares de la guitarra del maestro Ricardo Miño.

Quizás sea el momento de volver un poco hacia atrás y hacer en él la primara parada gastronómica, porque Triana es barrio de tabernas, bares y abacerías. Ya lo comprobaréis. Y muy diferentes a las que podáis estar acostumbrados, porque a veces se convierten en ateneos populares, en lugares de encuentro de vecinos, artistas y escritores del barrio, donde ponen en común sus ideas y proyectos, sus vivencias e inquietudes.

Camilo José Cela en su libro Primer Viaje Andaluz, publicado en 1959, abandona Sevilla por Triana, y desde luego visitó sus bares y tabernas, como dejó reflejado:

 

Las tabernas del barrio de Triana, muchas con el suelo de tierra bien pisada y todas con las paredes cubiertas de trofeos taurinos, son amables como la voz de la moza cansada, misteriosas como el mirar del niño que no ha comido, hondas y con un dramático trasfondo no fácil de descifrar.

 

Entrad a su bar si podéis. Su peculiaridad es que está asomado al río y mientras se tapea o cervecea en su barra podréis ver pasar a través de sus amplios ventanales a los remeros y piragüistas de los clubes deportivos o a los barcos turísticos enseñando el río a los forasteros más curiosos, o si es de noche, podréis contemplar iluminado desde una perspectiva única, el Puente de Triana.

Si podéis subir en la terraza superior. Desde sus pocos metros cuadrados veréis Sevilla desde una perspectiva inigualable que solo Triana puede ofrecer. Y veréis Triana…

-¿Lo ves, Duque? Ahí está Sevilla. No me digas que no es para verla, disfrutarla y amarla desde Triana… Lo mismo que Triana es para verla, disfrutarla y amarla desde Sevilla. Nunca podrían vivir la una sin la otra. Se necesitan. Si algún día faltase alguna de las dos, la otra moriría.

Duque, sentado, miraba extasiado hacia un lado y hacia otro, hacia Sevilla y hacia Triana y movía su rabillo con insistencia en un noble intento de exteriorizar su alegría y su felicidad…

De esta forma tan entrañable despertaba de su fantasía onírica Joaquín Arbide, otro escritor y periodista trianero, manteniendo un diálogo con su perro Duque tras comprobar cómo Sevilla seguía en su sitio después de haber soñado su desaparición, en un texto titulado Sevilla y Triana publicado en la Revista Triana en el verano de 2013.

Es necesario que sepáis que estáis en un edificio construido como estación de partida de los barcos que recorrían el Guadalquivir desde Sevilla hasta Sanlúcar de Barrameda pertenecientes a la Compañía de Vapores Sevilla-Sanlúcar-Mar.

Fue en el año 1922 cuando el marque de Olaso, don Luis de Olaso y Madaria, tuviera la iniciativa de crear un servicio fluvial de vapores para el transporte de pasajeros que uniera Sevilla con Sanlúcar de Barrameda, la playa elegida por la clase alta sevillana para veranear.

Para ello mandó construir este edificio donde ahora estáis, donde se sacaban los billetes y se almacenaban las mercancías en espera de ser embarcadas, adquiriendo como primer barco para su línea, el vapor St. Trillo, construido en 1876 en Inglaterra. Después de muchos años transportando pasajeros por las costas del sur de las Islas Británicas, se había utilizado durante la Primera Guerra Mundial como dragaminas, hasta ser adquirido por el empresario vizcaíno para la línea sevillana. Entonces pasó a llamarse San Telmo, convirtiéndose en el buque insignia de la compañía, que poco a poco completó su flota con los vapores Triana, Bajo de Guía y Sanlúcar.

Los barcos disponían de todas las comodidades que se podían ofrecer en el momento, amplios salones, salas de lectura o baile, comedores de primera y segunda clase, calefacción y hasta luz eléctrica.

No es difícil asomarse a la terraza del restaurante María Trifulca e imaginar allí abajo a las damas sevillanas protegiéndose con sus sombrillas mientras embarcaban rumbo al mar acompañadas de sus hijos, a los que cuidarían niñeras uniformadas mientras sus maridos charlaban animadamente sobre las carreras hípicas de la temporada o los baños de mar que tomarían.

El viaje duraba cuatro horas y media y el San Telmo atracaba a su llegada en el muelle Olaso de la población sanluqueña, donde se congregaban gran número de curiosos que querían ver llegar a la aristocracia sevillana, o cocheros ofreciendo sus carruajes, o incluso chóferes sus automóviles para el traslado a los hoteles o residencias.

El periódico ABC del día 12 de septiembre del año 1922 conserva un entrañable artículo firmado por J. Ortega Munilla que recrea uno de esos viajes recién inaugurada la línea:

En la mañana del día 22 de Agosto salí presuroso de mi albergue con impaciencia juvenil, en busca de los muelles y en demanda del vapor San Telmo, y allí estaba la vieja nave plácida y amorosa esperando a los viajeros (…)

Sentado en una silla en la proa, miraba las aguas turbias del Guadalquivir, y elevando mi vista por encima de las chimeneas de las fábricas, descubría la Giralda, fuerte y ágil como un vuelo de águila (…)

En esto, el vapor San Telmo comenzó a moverse, nos alejamos del muelle, buscamos el centro de la anchurosa vía fluvial; íbamos en demanda de las floridas márgenes y del lejano punto de la desembocadura. Íbamos a Sanlúcar de Barrameda, llevando en el alma los versos del poeta: “Me iba siempre acordando, en sombra vana, / de la dulce Sevilla y de Triana”

La línea fluvial estuvo en funcionamiento unos diez años, una década que dejó en el recuerdo de los trianeros aquellos felices años veinte cuando el mar llegaba en vapores desde la idílica Sanlúcar. Los más viejos aún lo sienten cuando es la marea, como se suele llamar en Sevilla al viento de poniente, la que llega sobrevolando el Guadalquivir con su entrañable olor a mar.

Después el edificio fue usado durante muchos años por la Abacería el Faro, conocida también como Semillería del León, donde se vendían rabitos de pasas, pipas de calabaza y de girasol recién tostadas, altramuces, especias y comestibles variados entre los que destacaban las sardinas en arenques, según recuerdan los vecinos más mayores.

Pero ¿por qué se pudo llamar del León aquel negocio?

Para averiguarlo dejad atrás el restaurante y bajad por la escalera que junto a él comienza, llamada de Tagua en recuerdo a su constructor, Baldomero Tagua Garoni, vecino del barrio de origen italiano. Es el momento de fijarse en la placa de azulejos que recuerda la historia del reloj de Triana:

La compañía de vapores Sevilla-Sanlúcar-Mar

inauguró el reloj de su estación en 1924

para el servicio de los viajeros y de

todo el barrio de Triana.

El ayuntamiento de Sevilla lo dotó

de un carrillón para que saludara

a los visitantes con sones flamencos.

El toque por soleá se debe a la inspiración del maestro Ricardo Miño.

Al llegar a la calle Betis veréis a la izquierda una escalerilla que os llevará hasta el viejo muelle de los vapores. Volved a bajar. Una vez en él es el momento de fijarse en la panza del puente y en sus viejos arcos de hierro fundido. Pero también en la cabeza de un león tallada en piedra colocada sobre una esquina del muro que sostiene el bar El Faro, la antigua Estación Puente de Triana, como era conocida. Hay quien dice que era una antigua gárgola del Castillo de San Jorge. Los trianeros solían mirarla con temor, desde el puente, cuando había lluvias copiosas, conocedores de las arriadas que ocurrirían si el agua llegaba a su altura, como parece evidente una vez visto dónde se sitúa.

Unos minutos ahí abajo serán suficientes para disfrutar de una perspectiva única de la orilla del río.

Continuará.

José Javier Ruiz, del libro “Callejeos por Triana”

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