ALEJANDRA

Llegó. Como una exhalación de abril, sigiloso y sorpresivo, como un gorrión que no se atreve a tomar la miga pero al final se decide y pica. Paró sus andares y dudó por un momento, Me preguntó que si podía sentarse a comer. En el banco, al sol, se estaba bien. Primavera, día laborable, no había mucha gente, en fin.

San Jacinto sin turistas, tiene más encanto, aunque prefiero que los haya. Por los bares, por los buscavías. Enfrente, más a la derecha, estaba Jesús Heredia, sentado en un velador con otro flamenco, y le entonaba por lo bajini  alguna tonailla. Nubes altas y desabridas aparecieron de golpe, el  hombre miró hacia lo alto y movió  la cabeza.

Jesús Heredia, cantaor
Jesús Heredia, cantaor

Yo, que estaba más pendiente del cante de Jesús,  no le prestaba demasiada atención, hasta que abrió una bolsa y sacó un envase de plástico  que contenía un guiso.  Creo que lentejas con habichuelas. Le miré. -¿Las monjas? Asintió mientras daba un gran mordisco al bollo que tenía en la mano izquierda. De bocado en bocado, me contaba su historia.

Me vinieron al compás las canciones de Triana y el “Encuentro fugaz”

 

Quería hablarme de la luna

y no había visto nunca el mar

no tenía más fortuna

que unos sueños que quería

dejar volar.

No quería venderme ningún reloj. Me dijo que su último empleo fue en la Feria. Hace dos años que no se celebra. Me fue narrando, mientras trasegaba aquel pan de cielo, como la rueda dentada del tiempo se había comido su vida, la cruz de esa soledad que padecía, la añoranza de su arraigo y la dura ausencia de los seres que amaba. Yo, con que no me duela ná, me conformo.

Con lo que recibía de las ayudas, no le daba para alquilar una habitación y sostenerse. No me dijo que su casa era la calle, pero lo presentí. Vivía con sus sobrinos y su hermana, hasta que ella le puso los trastos en la calle. Sesenta y uno. Solo. Lamenté no poder hacer nada por él, o de alguna manera, aliviar su desesperanza. Nada me pidió.

Después de un rato de compartir lamentos e incertidumbres, llegó la hora de despedirnos. Le dije adiós y me dirigí a suspirar al mar del Altozano. Cuantas lágrimas desembocaron allí, y a veces, cuánta esperanza. Jesús, el ecijano, el cantaor, quedó también atrás, sentado con su amigo. Creo que lo último que le escuché fue la cabal trianera, ahora, más pura, más autentica, más real.

Mi hermana Alejandra

a la calle me echó.

Dios se lo pague a mi primo el gallego

que me arrecogió.

 

José Luis Tirado Fernández