Amor futbolero hasta el más allá

amor futbolero

AMOR FUTBOLERO HASTA EL MAS ALLÁ

La noticia corrió por el barrio, de punta a punta de sus extremos, entristeciendo el aire que lo envuelve, el luctuoso comentario de que una de sus vecinas mas conocidas, había dejado de entonar el “alirón”. Dibujando al mismo tiempo, mas de una sonrisa, que el cariño arrancaba al recuerdo de la vida anecdótica, de aquella mujer de exteriorizados sentimientos sobre ideales futboleros apasionados, que tan popular la hicieron y en aquellos momentos, era la difunta.

Dolorcitas la Palanganera, sobrenombre ganado a golpes de berrinches no disimulados, ante las bromas impregnadas de guasa, con mas o con menos gracia y mejor o peor intención, que los parroquianos del bar donde ella desayunaba, siempre tostada con manteca colorá, detalle que dejaba muy claro, cuando el camarero, con ganas de oírla, que había que tener ganas y ser arriesgado, le ponía por delante un tarro de mermelada de ciruelas verdes; le dejaban caer por encima, los lunes por la mañana.

Se la ponía carita de estreñida, aparte de por no comer mermelada de ciruelas, que tanto aligera el vientre; por el subidón de bilis, amarillentas – faltaría mas, estuviera bueno que fueran verdosas – a los ojos, que no la dejaban ver la medida de la razón. Su genio convertido en verborrea, con una agresividad disparatada, no dejaba títere con cabeza. Desde risas camufladas y  socarronas de triunfalismo, por haber conseguido su propósito, facilísimo y seguro; a las expresiones asustadas de clientes, que por su poca frecuencia en el establecimiento, no conocían a Dolorcitas. Repitiendo el espectáculo, si algún día volvía a la hora del aperitivo y el personal de servicio, siempre jugando con la ventaja de la barrera del mostrador, le ponían aceitunas verdes. En Semana Santa, presenciaba con todo respeto, devoción y entusiasmo, el paso de los tramos de los cuerpos de nazarenos de Cristo. Inventando alguna necesidad fisiológica, que le servía de pretexto para no ver los de Virgen, por si acaso eran verdes ¡lo que esta mujer se traía con el verde!

Pues ya se le había terminado todo. Ya estaría en presencia del Padre, dando cuentas de su conciencia. Donde la misericordia Divina, lo tendría todo color celeste. Pero como la ingenua prepotencia humana, quiere seguir ordenando, hasta en el mas allá. Los deudos dolientes, hijos ejemplares que la idolatraban, rivalizando en satisfacer los caprichos que pudiera tener, sobre todo, el carnet de socia del club de sus amores. Quisieron vestirla, para ese viaje sin vuelta, con las prendas deportivas en el terreno de juego, del equipo de sus ilusiones y desvelos, de sus satisfacciones y disgustos, de sus alegrías y berrinches. Siendo esa la noticia bomba, la que formó alboroto en el distrito, obligando a pasar por la capilla ardiente, a todos los habitantes cercanos, menos cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos de la Palanganera. El termino “capilla ardiente”, si no hubiera existido con anterioridad, seguro que desde entonces, ese sería ya, su nombre para siempre. De allí salió el notición que como llama de atrevimiento insensato, incendió Sevilla toda.



Dolorcita era paticorta, culibaja, pechugona, octogenaria, y para el que no conociera la alegría y la bondad que rebosaba – cuando no era víctima de berrinches -, recordaba la cara de un sayón flagelante del antiguo misterio cofrade de las Cigarreras. Y equiparon a su madre, la madre que los parió, con calzonas y camiseta blanca con ribetes rojos, medias hasta las rodillas, de los mismos colores y botas de tacos. Un balón, en las manos, con las firmas de toda la plantilla, del entrenador y del presidente; mientras los dientes sujetaban el carnet de la temporada en curso. Yo no quiero pensar, que esto ultimo lo hicieran, por si podía votar en las primeras elecciones para nueva directiva.

Mis deseos de rendirle el último e intimo homenaje, me hicieron colocarme en la larga cola, de admiradores, correligionarios y curiosos cachondones e incrédulos, que querían comprobar la veracidad de las habladurías. Cuando, una que ya salía, le contó a mi antecesora de fila: ya verás, Pepi, la cara tan plácida que tiene, presenta el mismo gesto de satisfacción que tenía el día que lanzó la radio por la terraza, después de hacerlo. ¡Pero, Conchi, no me digas que tiró la radio. No me lo puedo creer! Con aquella funda de cretona, que le había hecho, tan flamenca, blanca con lunares rojos. La verdad, hija, que tuvo muy mala suerte, siguió comentando Conchi. Una vez que le dio al botón, el dichoso aparato, salió cantando lo de Camino Verde, siguiendo lo de El Verde Guadalquivir pasa por Lora. Pero el remate que dispararon sus nervios, lo puso Ojos Verdes, verdes. A mi no me cabe duda, que el de la tienda de electrodomésticos que se la vendió, era verderón. Bueno, me voy porque tengo mucha prisa, pero me gustaría quedarme para presenciar cuando vengan los de la peña a cantarle el himno, yo estoy segura, conociéndola como la conozco, que cuando entonen esa estrofa que dice: seré hasta la muerte. Esa, suelta el balón y con un brazo, señala en el otro, donde Caperucita se colgaba el cesto. Y lleva razón, si ella no es hasta la muerte, es hasta después. Con esto, Pepi tomó la siguiente determinación: sabes lo que te digo, Conchi, que yo también me voy, porque a mi, desde pequeña, las leyendas de Bécquer, me han dado muchisima jindama.

Yo también opté por venirme a mi casa, envuelto en un recogimiento espiritual, que me hizo tardar en pisar la calle, donde veo que hay mucha gente suelta. ¡Ay! Espero que el tiempo lo borre todo

 

                                                                                                                                      José Manuel León Gómez.

                                                                                                                                                         Sevilla.

 



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