ASI DEBIO SER

María, Josefa o Concepción debieron cantar de esa forma; esa voz, esa manera de apretar, de clavarse las uñas en sus propias carnes para hilar la hebra pura de la seda de la cava, ese exigir a la garganta la belleza de lo imposible, ese separar la paja de lo vulgar del grano de lo sublime, tuvo necesariamente que ver algo con ellas. Mucho se ha escrito, se ha conjeturado con la garganta y la voz del Fillo, un canalón oscuro, áspero e impenetrable de donde salían truenos que asustaban a la chiquillería. Pero quién ha dedicado un milímetro de tinta a presentir, a imaginar cómo cantarían ellas, las cantaoras de Triana que no dejaron registros sonoros. Yo creo haber estado alguna noche escuchándolas a todas ellas. Y sé cómo cantaban. Ahora sí.

Hay muchas cantaoras, que clavan la pica de lo correcto, que usan, aprovechan, las voces de privilegio que Dios les manda, y que adoban con unos adornos melismáticos robados a los cuarenta para encandilar a una audiencia que también paga lo correcto y consume lo correcto. Pero a mí me gustan las transgresiones, y tengo la impresión de haber asistido a una.

Herminia Borja el programa de mano

La entidad de lo que ella canta es muy difícil, ese tesoro está tan jondo en el pozo que parece inalcanzable, pero Herminia tiene una soga larga y nos lo ofrece cada vez que se acerca al brocal. Tiene una amistad antigua y constante con el cante, aunque su cuerpo de balanza íntima le ofrece la posibilidad de movimientos refinados y voluptuosos.

Deja trabajar a su madurez por toná, debla y martinete, en tanto  invoca a la candidez de su juventud aún presente para flautar por malagueña y dejar por bajo la bella rozadura de su voz.  Se embarca en las cantiñas y aprovecha que pasa en ese instante una estrella fugaz para marcharse con ella. Allí, sobre su estela, se columpia mientras da un duro al barquero y los presentes reparan que sobre las calles de Triana no hay ningún firmamento. Es el mundo de Herminia.

Otros venden, llenan estadios y plazas de toros y sus cantes son proclamados a los cuatro vientos. Son los comerciales, artistas de diseño que llegan rápido y más rápido se van. En el jardín de Venus, entran sólo los elegidos. Allí las multitudes molestan, estropean el césped y maltratan las flores.

José Luis Tirado Fernández

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