Bajo tu palio un rosario

“Existe una palabra para definir el momento en que fantasía y realidad se mezclan: locura” (Laia Soler) y yo soy de esos locos inofensivos que pululan por el mundo aparentando normalidad. Y es que una vez, para vencer el miedo, creí ver, y es que estuvo, a mi Esperanza delante de mí impulsando el pánico, el terror, fuera de mi alcance…

Tal vez invoque a las cosas raras para se ciñan a mi ánimo y sean fieles compañeras para dar luego fe a través de mis letras que “las situaciones exotéricas” pasan y es que a mí me pasan y mucho. Una de ellas sucedió cuando presenté mi segunda novela. El título en sí ya prometía ser desencadenante de todo tipo de estímulos, “Mujeres descosidas” y horas previas a la presentación el susto, el recelo y la aprensión, se habían adueñado de mi persona; temblaba como esos flanes del chino que se hacían antiguamente.

Siempre que voy a hablar en público, tomo un Gin tonic para vencer la timidez que, aunque no sea tímida, ese día hasta me sonrojo como la manzana de Blanca Nieves; claro, cuando presento trabajo nuevo, son dos Gin tonic. ¡Ojito! No piensen ustedes que me paso el día bebiendo, por Dios, no, pero hay que reconocer que el alcohol en su justa medida te ayuda a saltar algunas barreras.

Pues bien, ese día ni Gin tonic ni narices, el susto estaba servido en copa bien grande y el acto iniciaba. El salón a rebosar, la cara de la gente, expectante, y yo, un manojo de miedos. Primero comenzó a hablar el editor, y empecé a emocionarme y mis interiores chillándome “Angelines, maja, actúa como una intelectual que te vas a comer el mundo”, pero yo no levantaba los ojos de mis rodillas y unas lágrimas penitentes caían sobre mi bonito vestido rojo, con la sensación, además de querer salir corriendo de allí. Tal vez fuera mi subconsciente  que se maliciaba que algo no iba a ir bien, no sé.

El caso  es que dejé unos instantes de escuchar para oír una música, nada menos que la marcha “Caridad del Guadalquivir” y me serenó. ¿De dónde salía la melodía? Sin duda de mi cabeza. Volví a engancharme a la presentación, en ese momento hablaba otra persona. Miré al público y en sus cara leí el estupor; algo no marchaba bien y lo poco que escuché no me gustó y es, sorpresivamente, cuando comencé a oír “Hosanna in excelsis”, marcha que enciende siempre mis sensaciones más melancólicas y dulces y haciéndome consciente que el acto se iba al garete y yo no tenía energía para levantar aquello con tantísima gente que había ido y ya me tocaba, como autora, hablar.

Aprendí en su momento que para hablar en público debes buscar tres puntos de referencia. Me levanté, las piernas me flojeaban, me agarré como pude al atril para que no se notara el temblor de mis manos y levanté los ojos. Juro que solo vi el rostro de mi Esperanza de Triana, daba igual que mirara a la izquierda, a la derecha o al centro, allí estaba Ella. Entonces comenzó a sonar dentro de mi cabeza “Bajo tu palio rosario”… Juro que me sentí una torera vestida de rojo a brindar las mejores verónicas de la tarde y luego entrar a matar.

Recuerdo que, cuando terminé de hablar, la sala se levantó a aplaudirme, lo vi, y al fondo del salón encontré a mi Esperanza sonriéndome, sí, claro que la vi. Entonces, escuché la última marcha de la tarde “Esperanza de Triana coronada”… Recuerdo que mi cuerpo se cimbreaba al ritmo de una buena chicotá mientras a mi rostro volvían las mejores sonrisas de siempre y yo destapaba el bolígrafo para entregarme a mis lectores.

Créanme, el 30 de marzo de 2017, la Esperanza de Triana estuvo en Madrid.

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora

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