ESOS DÍAS BONITOS

¡Buenos días mis Trianeros guapos! Todos los sábados por la noche al fumar el último cigarrillo (vicio insano, lo sé. No me copiéis) mientras  las estrellas me acunan en la terraza, me hago la misma pregunta “Ángeles, ¿qué vas a contar mañana a tu Triana?” Se me pone un nudo de responsabilidad, porque escribir es un arte difícil, en el que fácilmente puedes caer en el aburrimiento, en la ofensa, incluso, en la estupidez, y mi Triana ni nadie se merece eso. Hay días que puedes estar más iluminado que otros, escribir mejor o peor, pero siempre con un grado mínimo de dignidad y respeto. ¿No os parece? Y pensando, pensando, me dije “Cuéntales uno de esos días bonitos”…

Sí, ayer fue uno de esos días bonitos que llegó cargado de cosas tan simples que, cuando apagué la luz, mis labios susurraron “Gracias”. A veces creemos que la felicidad está en grandes momentos, por lo que nos pasamos la vida persiguiendo a esa escurridiza dicha sin darnos cuenta que estaba a tu lado desde el minuto cero en el que te despertaste al día. Uno de mis hijos repite con asiduidad “Mamá, hay días tontos, y tontos todos los días, no te engañes”, y el chico tiene razón; los humanos somos muy tontos y muy ciegos, todo a la vez.

Ayer no hice nada especial. Regué mi jardincillo, una pequeña terraza en un edificio. Cada planta tiene un nombre y una procedencia; todas robadas. Me explico; cuando viajo, mis ojos se van detrás de la vegetación y, si puedo, corto un trocito, lo meto en agua y a ver qué pasa. Bueno, pues ayer cuando salí me llevé la primera sorpresa; Maltesa me regalaba su primera flor. Sonreí feliz mientras el rugido de los aviones me avisaba que en nada comenzaría el desfile de la Hispanidad.

El 12 de octubre, no lo puedo remediar, es un día, como los cumpleaños, que me recuerda que soy española y me sale la vena del orgullo patrio… Regué el Facebook de marchas militares. ¡Qué bonito desfile! ¿Con qué momentos os quedasteis vosotros? Yo con la voz de Ainhoa Arteta cantando La muerte no es el final. Por supuesto, con la cabra de la legión, me siento tan identificada con ella. Siempre, al verla desfilar con su pasito menudo y a trompicones y su gorrito que va saltando como ella, me dibuja una sonrisa enorme en mi rostro. Pero ayer, hubo algo muy especial en aquel desfile y fue la cara apesadumbrada de Luis Fernando, cabo primero de la Brigada Almogávares VI de Paracaidistas. Un hombre hecho y derecho tratando de reprimir la emoción, las lágrimas, la decepción; para mí es el héroe del día. Porque la perfección, a veces, no está toda en nuestras manos y, a veces, insisto, los humanos erramos, no pasa nada. Nos levantamos y volvemos a la lucha.

Al caer la tarde, fuimos como cada sábado, a oír misa en una capilla mucho más chiquita que la de la Hermandad de la Estrella, cuyo párroco es una estrella humana que habla para todo tipo de ovejas con lenguaje llano, sincero y siempre, siempre, alegre; salí de aquel rincón feliz, en paz.

Pero el día aún me tenía preparado otro regalo. Nos fuimos a tomar unas cañas con los amigos y en uno de los bares, salí a la calle. ¿A qué? A fumar. Me siento en una silla de la terraza, justo en el momento que se abre la cancela de un portal, y sale una pareja joven cada uno hablando por teléfono. Detrás de ellos aparece una anciana con la mirada perdida y un gesto risueño prendido en su boca. Como nadie le hacía caso, se acercó a mí “Hola” Me dijo y yo la correspondí preguntando “¿Cómo se llama?” y ella me respondió “No sé, se me ha olvidado” La abracé con la mirada y en ese momento vinieron a por ella.

Sí, mis Trianeros guapos, ayer no me pasó nada singular, pero para mí todo fue especial.

¡Hasta la semana que viene mi Triana bonita!

 

M Ángeles Cantalapiedra, escritora

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