CARTA A LOS REYES MAGOS

Queridos Reyes Magos…

Sabed que llegó bien el Heraldo Real a Triana. Como siempre apareció navegando por el río Guadalquivir y desembarcó en el pantalán del Paseo de la O. Además, estuvo rezando en mi Esperanza Trianera mientras cantaban un villancico precioso. Ya solo falta que lleguéis vosotros, mis Majestades de Oriente, y estoy muy nerviosa.

Cuando era niña, deseaba fervientemente que llegara la noche mágica del cinco de enero. Mi corazón trotaba desbocado mientras mis ojos, días antes, se había llenado de deseos admirando juguetes en una tienda cerca de mi casa. Mis padres, mis abuelos, mis tíos, nunca me defraudaban. Eran regalos singulares, pues cada uno de ellos se convertía en la imaginación en mil posibilidades. Una muñeca, por ejemplo, no era solo una muñeca, sino mucho más, sin hablar de las cajas, claro, que se convertían en trenes, en aviones, coches… La imaginación de aquel entonces de los niños que fuimos era infinita.

De aquellos días remotos, hay cuatro regalos que siguen imborrables, intactos, en la estantería de la memoria, y una vez al año se desenvuelven delante de mí para impregnarme de un espíritu mágico.
Cada cinco de enero aflora la niña que fui para ser durante veinticuatro horas un duende, un mago, que viene de Oriente para hacer felices a mis hijos bajo la sonrisa y mirada de un marido que, siendo su mente cuadriculada, esas horas se deja arrastrar por mí.
La vida cotidiana no mata, no exageremos, pero sí quema, abrasa. Por eso una vez al año sufro una regresión, y vuelvo a la infancia que está pegada a las paredes de mi corazón. Me desdoblo en hada madrina, y con la varita agito mi imaginación.

Es una tradición en casa, desde que mis hijos nacieron, el uso desmesurado de palabras que solo existen una vez cada doce meses en nuestro hogar, como roscón, chocolate, cabalgata, regalos, caramelos, globos, reyes magos, ilusión, magia, limpiar los zapatos, peluches… Y así, de una manera disparatada, cada año les narro un cuento. Prendo en sus mentes, en sus ojillos, la ilusión quemada por mil avatares.

Este año, mis Majestades, lo tengo muy fácil, pues va a suceder un acontecimiento en la familia muy bonito y se desarrollará en otoño y en Sevilla. No obstante, mis hijos dudan que su madre, convertida en gato real, sea capaz de arrancarles una mísera sonrisa, bueno, lo dudo hasta yo. Por eso he subido al altillo de la memoria a hacer acopio de “magia potagia” que encienda la luz de una sonrisa. Allí he encontrado la muñeca calva, pues aquella noche mágica al ver su larga melena me convertí en peluquera. También he encontrado mi primera cámara de fotos con la que fui la reportera de los grandes momentos familiares. A su lado, estaba el futbolín con el que afloré mi espíritu de chica rebelde sin causa aparente. Y por supuesto, encontré la guitarra eléctrica con la que entoné la canción de Karina “Buscando en el baúl de los recuerdos uuuh…”

En fin, os dejo, me queda ardua tarea para convertirme en una maga estrepitosamente “sui generis”. ¡Ah! No dejéis a ningún niño Trianero sin vuestra luz, sin vuestra magia. Mi espíritu de beduina estará revoloteando por San Jorge, Castilla, Alvarado, Callao, San Jacinto…, porque una vez cada doce meses gracias a vosotros vuelvo a ser niña

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Al otro lado del tiempo ©Largas tardes de azul ©Mujeres descosidas ©Sevilla…Gymnopédies