Carta a una Madre…

Madre

Buenos días, Madre… Ya sabrás por la bulla que siempre te acompaña en tu capilla marinera que el mundo ha encendido ya la navidad. Sé que para ti la navidad es otra cosa muy distinta, no la que aquí abajo preparamos. Incluso me dirás que navidad debían ser todos los días del año, tienes razón, pero en esta sinrazón humana yo veo muchas cosas buenas.

Y la primera es la buena predisposición con la que preparamos estos días de luces, nacimientos, cabalgatas, regalos y copas de cava, ¿no crees, Madre? Es una forma de dar, tal vez demasiado superficial, pero al fin y al cabo es obsequiar un pedacito de alegría a los demás.

Después, es una manera de forzarnos a perdonar, a olvidarnos de nosotros mismos un rato, a ser pacientes con esos cuñados, hermanos, o tíos que no soportamos, aunque sea por unas horas, no más. Es una forma de reencontrarte con la familia, con ese clan que nos vino impuesto y no elegimos, ¿y qué? Es como recobrar por unos instantes tu esencia, tus raíces… Unos cuantos dicen, Madre, que actuar así es cinismo puro y duro, para mí significa generosidad. ¿Tú qué opinas, Madre? Hablando de generosidad, me he percatado que aunque solo sea por breves días, tus hijos nos mostramos un poco más generosos con el prójimo. Las compuertas del corazón se abren para esos que ves que carecen de las necesidades más esenciales, o esos niños que no conocen qué es la ilusión.

Sí y llegará el siete de enero, el frío se adueñara de nosotros, y con él olvidaremos lo qué significa el valor de una palabra amable, una sonrisa salida del alma, y mutaremos a nuestra esencia de egoísmo, pero el mundo, las personas, por unos instantes, se unieron en una sola voz mirando un Belén, haciéndose unas fotos debajo de un abeto iluminado, compartiendo mesa y mantel…, y todo eso, Madre, juntos, unidos… ¿A qué te he convencido, Madre?

En unas horas, me postraré ante ti para que acaricies mis penas e ilumines el camino que escribo cada día, abriré las puertas de la navidad junto a ti y rezando contigo. Hay veces que el espíritu me pide rezar, meditar, o lo que  los agnósticos dirían ponerte en estado zen. Yo me quedo mirándote, Madre de mi Esperanza a mi Esperanza un buen rato. Navego entre el bien y el mal, lo que hago o dejo de hacer. Cuando regreso de mí levitar personal, me siento en paz. Igual de capulla, sí, Madre, pero con ganas de enderezarme…, en algunas cosas, no en todo. No quiero abandonar esa ingenuidad con la que miro al mundo, ni mis sueños locos, ni la forma con que me río de ciertas situaciones, ni dejar de hacer una chirigota de mi misma cuando la ocasión lo requiere. No, eso no, o dejaría de ser yo.

Bueno, Madre, te dejo, tienes infinidad de hijos en espera que les prestes atención como a mí. De todas formas, en unas horas nos vemos y seguimos hablando.

Te quiere mucho

Tu hija

P.D. ¡Ay, Madre! Se me olvidaba, ¿Tú no sabrás dónde comprar un poquito jamó bueno y barato para Nochebuena?

… Perdóname, Madre, vuelvo a ser tan superficial como siempre, por eso soy un ser humano que necesita de ti siempre.

 

 

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora

#Sevilla…Gymnopédies #Mujeres descosidas #Al otro lado del tiempo