Curra Romera

La tecnología no es lo mío, se me resiste como gato panza arriba. Y no es por falta de interés porque pasión pongo, pero debe ser de baja calidad. El caso es que soy una máquina destructora de móviles y ordenadores y les aseguro que tengo un problema muy gordo. Primero porque hoy vivimos enganchados a la red y yo estoy cada dos por tres en modo “Off”. Me llaman mis hijos “Ya está mamá con el móvil apagado”, que me pide mi editor “Escríbeme sobre…” ¡Ja! Qué más quisiera pero el bicho no funciona y al editor le salen canas esperando, menos mal que tiene poco pelo…

Recuerdo cuando me pusieron un ordenador delante, allá por el año 1992, no sabía lo que era sudar hasta aquel histórico momento. Es más, me acordé de la leyenda urbana de Curro Romero cuando se decía que si le tocaba un toro que le miraba mal, el añadía que lo toreara Rita; pues bien, yo superé aquella leyenda porque después de sudar, se me quedaron las manos tiesas, cómo lo oyen, los dedos disparados y mirando para la Giralda. Lo peor fue mi cabeza, parecía como la de los teleñecos que se movía rítmicamente de izquierda a derecha sin capacidad de articular palabra. Sí, querido lectores, sentí, vi, que delante de mí había un Miura tamaño XL, un torito bravo. Y así empezó mi relación amor odio con las tecnologías.

Bueno, si les cuento que en ese mismo año iba yo con mi súper jefa por la calle y de pronto su bolso comienza a moverse y a hacer un ruido extraño, ¿qué? Ella muy serena, como muy segura de sí misma, se para, abre el bolso y saca un aparato parecido a un zapato de talla cuarenta y se pone a hablar con él; mis ojos se convirtieron en círculos concéntricos y mi boca, un buzón de correos. Pero ahí no termina la cosa porque va y me dice “Ángeles, te paso a Martínez para que le digas dónde están las carpetas de los fondos” Yo, que en ese momento era una aprendiza aventajada de don Curro Romero, presentí que el torito que me pasaba no me miraba bien, me negué, pero un superior es un superior y cogí el bicho por el cuerno, alias antena, y suelto como a tres kilómetros de la oreja “Ángeles al aparato, corto, cambio”, y el torito va y se precipita al asfalto; estoy convencida que le infundí respeto y huyó.

Bueno, el caso, han pasado tropecientos años y variaciones, evolución, las justas. Y el problema gordo, gordo, es que he comprobado que los seres humanos somos masoquistas. Sin ir más lejos, yo. Si los aparatos no son lo mío que no solo no sé manejarlos sino, además, me los cargo, ¿qué hago yo escribiendo siempre en Word y no con papel y lápiz al estilo de toda la vida? Pues no, que no sé, que solo me inspiro cuando sale en la pantalla la hoja en blanco y siento que levito como Santa Teresa y las palabras me surgen como churros.

… Cómo me gustaría conocer al Maestro, al genuino Curro Romero y que me asesorara. Le contaría mis cuitas, mis miedos, mis chismes y él, si es verdad la leyenda urbana, me declarara, su genuina heredera, claro, en versión moderna y tecnológica.

Mientras tanto, no sé cuando leerán ustedes estos renglones alocados. Voy a ver si doy pena y algún hijo me ayuda a superar este nuevo trance; no lo creo, tengo a los chicos muy artos de su madre. No lo comprendo, pero en fin, esto es lo que hay…

 

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora

#Sevilla…Gymnopédies #Mujeres descosidas #Al otro lado del tiempo