DE HÉROES A VILLANOS

Suena el despertador, un ruido ensordecedor. Amelia enciende la luz de la mesilla y mira el reloj, seis treinta y cinco. Cada vez le cuesta más levantarse, demasiado cansada física y psicológicamente. Este año no ha habido vacaciones, “Por tonta”, se reprocha a sí misma mientras se levanta y sube la persiana. Desde allí ve la cúpula del Cachorro y se persigna “Señor dame un buen día, paciencia y comprensión”, últimamente son sus primeras palabras que dice antes de comenzar su jornada laboral.

Amelia estudió Medicina en Madrid. Es de un pueblo de Valladolid, sacó nota suficiente para trasladarse a la capital, e hizo sus cuatro años de formación de Médico de Familia- Mir- en Sevilla. Tanto le gustó la ciudad hispalense que, cuando terminó, pudo pedir plaza allí trabajando desde entonces en un centro de Atención Primaria de Triana; vive en la calle Castilla a dos pasos del trabajo, un privilegio.

Lleva en la sangre el ADN de su padre que también fue médico y que vivió por y para sus enfermos, por eso cuando llegó el verano cedió sus días de vacaciones a su compañero Carlos que tiene tres hijos y desde que comenzó la pandemia apenas los había visto. Amelia, además es soltera, por tanto, sin ataduras familiares. Pero ahora se arrepiente porque, superada lo más grave de la crisis sanitaria, en este momento no solo atiende a sus pacientes de siempre si no, además, está encargada de diagnosticar y hacer seguimiento de los casos de Covid. Por tanto, las atribuciones y funciones han aumentado para todos los médicos y enfermeras como auxiliares y se hallan en una situación crítica que la Administración parece que no ve, por mucho que los pacientes y los profesionales denuncien la saturación de los centros, la frustración de los pacientes al no ser atendidos como antes.

Amelia, ya en la ducha, se fija en el moratón del brazo izquierdo, se lo hizo uno de los pacientes cuando salía del centro de salud y la tiró una piedra; por supuesto no lo denunció, aunque sabe quién es. Ha pasado de héroe a villana en un santiamén. Ya a todos se les ha olvidado los aplausos de las ocho, en este momento, tanto la enfermera como el médico de turno son atacados por los pacientes; desde el verano las agresiones se han disparado. Amelia lo que más recibe son ataques verbales y pasa miedo en algunas ocasiones cuando recibe amenazas, lo de menos es que la cuestionen su capacidad como profesional y el paciente se empeñe en que le atienda un médico varón. Claro que la hace mella en su moral, y como lleva una ingente cantidad de estrés acumulado cuando vuelve a casa se va arrastrando por el camino, tanto, que se tiene que sentar un rato en alguna terraza a desahogarse con quien sea antes de subir a casa y aislarse para olvidar, recobrar fuerzas y al día siguiente volver a la carga.

Ayer, sin ir más lejos, tuvo un enganche con Manuel, un anciano de ochenta y tres años que se negó a ponerse la mascarilla en la consulta. Le ha dicho cientos de veces que, por su seguridad, no vaya al centro de salud. Ella le atenderá por teléfono y hablará con él el tiempo necesario; pues no, Manuel quiere mirar a los ojos a su médica y saber si le miento o no. Total, al salir de la consulta, él la estaba esperando en la calle y al pasar, puso su bastón de tal manera que Amelia tropezó y se cayó al suelo. Se rompió el pantalón y unos hilillos de sangre florecieron por el agujero. Ella le dio un berrido para que se fuera a casa, entró de nuevo en el centro de salud, se curó la herida y se fue de allí. Se sentó en una terracita cercana a su casa, se pidió un gin-tonic y se puso a llorar amargamente.

Se lamentaba que los pacientes se hubieran vuelto tan egoístas y desnaturalizados, pero en el fondo los comprendía; sufren de miedo, inseguridad y analfabetismo en el tema del Covid… Pero, a Amelia como a sus compañeros, ¿quién los entiende, apoya…?

  • ¡Buenas tardes! ¿Es usted la doctora Rodríguez? -Amelia levantó la cara, de un manotazo disipó las lágrimas de su rostro.
  • Sí, soy yo-contestó escuetamente al desconocido.
  • Soy Javier, el hijo de Manuel Ruiz… Vengo a pedirle disculpas. Mi padre nos ha contado lo que le ha hecho. Ya le hemos reñido…- los ojos de Javier imploraban comprensión y Amelia se la dio.

Cae la tarde en Triana, Javier y Amelia no dejan de hablar, hasta él ha logrado sacar una sonrisa a la doctora. Ambos han sido capaces de ponerse en la piel del otro y comprenderse mutuamente. Son tiempos difíciles para todos, pero médicos, enfermeros y auxiliares se están llevando la parte más fea de esta película de terror, y Javier lo sabe.

¡Feliz semana mis trianeros!

M Ángeles Cantalapiedra, escritora

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