EL BALCÓN

Mi querida Triana… Es agosto, el barrio ha dejado de silbar festejos y ahora menudea en la placidez del sosiego, tal vez despertada por algún grupo de turistas chillón bajo un paraguas al amparo de su sombra. El resto, se esconde tras sus muros a que el calor se achique, o ha volado a cualquier playa cercana. La mar invita al agua juguetona, al chiringuito de cerveza fresca y, sin pensárselo dos veces, ha cogido la sombrilla, la fiambrera, los churumbeles, la nevera, las sillas y la mesa, y se ha imbuido en una caravana en busca de otro paisaje más refrescante.

También, hay quienes se resisten y, aunque les quieran convencer de que son pobres, ellos no lo sienten así, no lo admiten ¿En qué reside la pobreza y la riqueza?, ¿en cantidades ingentes de dinero, metros de edificación, kilómetros de material para un único uso? Si es así la diferencia, habrán de dar la razón a
quienes los acusan de indigencia pues nada poseen de eso que dicen.

El verano viene a mimar a sus personas, sus pensamientos, de otras maneras, el tiempo se les hace otro, más pausado y relajante, sobre todo a ciertas horas del día y es precisamente ahí cuando sus sospechas se confirman: son los otros y no ellos los mendigos de espíritu, los esclavos del elemento.

…Es a esa hora imprecisa, entre el ocaso y la negrura, cuando dedican los mejores momentos a sus sentidos. Llenan el cubo de agua, el calor asfixia a las plantas y salen a sus balcones. Apenas cincuenta centímetros de ancho por un metro de largo, caben dos jardineras. En unas crecen frondosas la Ipomea tricolor que cae en una graciosa
cascada. En las otras, una Coreopsis de llamativos tonos dorados quedeleita a la vecindad.

Una vez saciada su sed, sacan una silla de enea y se brindan a la contemplación con una fresca limonada mientras admiran las calles de su barrio, al vecino de al lado, las luces de la noche estival,  tan mágica y misteriosa en estos nocturnos de agosto que emborrachan sus sentidos.
De lejos, llegan los sonidos pachangueros de cualquier terraza, el aroma de la barbacoa al caer la luz, la espléndida visión que ofrece el silencio trianero en sus calles recoletas y abandonadas. Las ventanas abiertas para que entre el último resquicio de un aire suave que les adormezca en el cansancio del día acumulado, mientras el cielo se ilumina de un océano de estrellas. Sus espíritus, entonces, llenos de todas esas pequeñas emociones, dan gracias a ese minúsculo espacio que es su balcón.

¡Hasta la semana que viene, Triana!

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla…Gymnopédies