El edificio abalconado del Altozano

Ahora subid unos pasos hacia el puente para poder apreciar de cerca el monumento Triana al Arte Flamenco ubicado en la bajada del tablero. Sabed que en el libro de Ángel Vela Triana en Tres Tiempos ya se anunciaba el proyecto de erigir un monumento al flamenco en este lugar, proyecto que el Ayuntamiento presidido por Rojas Marcos encargó a Jesús Gavira Alba en el año 1994. El escultor esculpió una mujer vestida de flamenca con una guitarra y con el pie apoyado sobre un yunque, alegorías del baile, el cante y el toque, mascarón de proa de la nave flamenca de Triana.

En la fachada del edificio ubicado al otro lado de la calzada, en la otra acera, veréis otras dos placas de cerámica de la serie de Ángel Vela. Una que recuerda a Oselito, el célebre personaje que creara Andrés Martínez de León, humorista gráfico de principios de siglo XX. Triana fue su tercer apellido, se refleja en la placa como mejor piropo. La otra inmediata colocada posteriormente recuerda a Francisco Arcas Lucena, Paco Arcas, ejemplo de trianerismo, quien fuera delegado municipal del distrito de Triana durante los años 1983-1987.

Cuando se levantó el puente de Isabel II, tras la remodelación que sufrió el Altozano para acoger el gran tablero que venía de él, se construyó en este lugar un edificio de tres plantas de estilo clásico, más conocido por su torre del reloj.

Ángel Vela Nieto nos lo describe así:

La torre tenía los ojos más mirados: dos grandes esferas brillantes donde los vecinos bebían el tiempo, un tiempo sin prisas que mantenía en duermevela las cincuenta y dos calles y los mil doscientos edificios que eran el cuerpo urbano de Triana, más importante -aseguraban los cronistas- que el de muchas capitales de provincias(…)

Su arquitecto fue Balbino Marrón, quien logró convertir el edificio en un emblema de Triana, una construcción símbolo de la modernidad del momento. En sus bajos se abrió la famosa tienda de ultramarinos La Unió Palentina, y entre su costado y la entrada al mercado se levantó una capilla donde poder ubicar a la Virgen del Carmen del puente, como ya se ha dicho. La torre fue rematada por la veleta del sereno Marchena, que acabó sobre la nueva capilla del Carmen, como también hemos dicho, cuando este edificio y su campanario fueron derribados.

Porque este segundo Altozano de finales del siglo XIX, llamado la plaza del sol de Triana por el periodista Agustín López Macías, apodado Galerín, no duró mucho, porque los cambios más drásticos vinieron de la necesidad de achaflanar la esquina del Altozano con la calle San Jorge para que pudiera girar el tranvía que iba hasta La Pañoleta y Camas por la calle Castilla. Así que el edificio-emblema de Balbino Marrón fue demolido en 1926 y junto a él la capilla del Carmen, levantándose retranqueados los nuevos edificios que en la actualidad podemos ver.

También desapareció el caserío constituido por numerosas casitas con amplios soportales que existía en el arranque de la actual calle San Jacinto, la calle que da continuidad a la bajada del puente y era camino hacia San Juan de Aznalfarache, así como en la esquina que formaba ésta con la calle San Jorge. En ese sitio, en una vieja casona del siglo XVIII que poco a poco se había ido quedando hundida con la elevación progresiva del nivel de la calle, estuvo durante muchos años la célebre taberna Casa Berrinche.

Según cuentan adquirió su nombre por el mal carácter de uno de sus dueños, un tal José Sánchez, y su fama, por la gente del toro y del cante flamenco que allí se daban cita. Sobre todo los gitanos de la Cava Nueva, que solían montar sonadas juergas en Casa Berrinche después de abandonar las fraguas. Uno de ellos fue Manuel Cagancho, un herrero que revolucionó el cante por seguiriyas creando varios estilos nuevos.

A la esquina Berrinche

vente chiquilla

a escuchar a Cagancho

con sus coplillas,

decía una canción popular de la época.

Rafael Laffón, poeta de la generación del 27 sevillana, vivió sus primeros años de vida en Triana. En su libro Sevilla del buen recuerdo, publicado en 1973, inmortalizó esta esquina. Serían los últimos años del siglo XIX:

Me llevaban a la parada (del tranvía de mulas), en la confluencia de San Jacinto y San Jorge, más o menos donde cantaba sus viejas glorias, dignas de don Serafín Estebánez Calderón, aquel tabernáculo apodado El Berrinche, último baluarte del “monte, salto y camomina”, de los tahúres, que escribiera con gracia el inolvidable Rafael Porlán. La elevación sistemática de la rasante de la calle San Jacinto, suavizando la rampa trianera del puente había sumido al mugriento y fétido Berrinche en una especie de foso lóbrego y estrecho, los balconcillos derrengados, al alcance de la mano del transeúnte de la calzada

En el año 1912 se estrelló contra la fachada de Casa Berrinche un tranvía que perdió los frenos bajando del puente. Hubo veintidós heridos aunque ningún muerto. La taberna cerró a los pocos años, siendo derribada la vieja casona en 1926. Su último propietario, Emilio Gordillo, fue el que abriera El Sol Saliente, como ya se ha dicho, en el otro extremo del Altozano.

José Gómez Millán diseñó el nuevo edificio abalconado que ahora existe donde estuviera el mítico Berrinche. Durante muchos años estuvo en sus bajos el Café Ideal, que albergara un novedoso billar, terminando de dar forma a ese nuevo Altozano de la Exposición Iberoamericana.

 

Del clarín estridente al son grotesco

cruza una cofradía el Altozano

bajo el brillante cielo sevillano,

en desorden alegre y pintoresco.

 

Un flamante cetrino de aire hampesco

marcha a compás, llevando de la mano

un chiquitín con túnica de hermano,

al sol el rostro de ángel picaresco.

 

Un viejo que pregona lo que vende

apoya su canasto en una silla,

el niño mira al padre, él lo comprende,

de avellanas le compra una perrilla,

le entrega el cucurucho, le da un beso,

y vuelve a andar acompasado y tieso.

Continuará.

José Javier Ruiz,  del libro “Callejeos por Triana”

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