El sitio donde yo paro

Dedicado a Rafael Fernández Martínez

         Los flamencos solían “parar” en un determinado sitio, preferentemente un establecimiento de bebidas. Eso significaba que tras la jornada laboral -el que la gozaba-, o los dias de descanso,  es decir, el tiempo libre de cada uno, hincaban el codo en la barra cuando sobraban “jayares” o se quedaban fuera con las manos en los bolsillos esperando que llegara el amigo a convidarlos.

            Era muy tradicional insertar en una conversación un “mi compadre y yo paramos en La primera del puente…”, o bien “mi padre para en casa Pepe”, para indicarle a uno el sitio donde se malgastaba el tiempo libre y se dedicaba principalmente a convivir, aunque “combebiendo” con los amigos, y aliviando las penas, en sitios como Quitapesares, El Colmo, El Clavel, Baturone, El Cañaveral, El Morapio, El Plata, etc… Mi abuelo me hablaba de “El Baúl”, una taberna de la cava nueva que era llamado así porque estaba empapelado entero con carteles de toros. ´´Angel Vela, en su libro “Triana, la otra orilla del flamenco, hace una acertadísima descripción del sitio y de los artistas que paraban allí.

            En aquel tiempo la mayoría de estos sitios eran frecuentados sólo por varones, de hecho los servicios eran un único habitáculo con un urinario alto; quiero decir para orinar de pie. Allí se bebía y se meaba, por lo tanto no tenían previsto la evacuación, puesto que allí no se comía. Los servicios para señora sólo los tenían establecimiento dedicados a las comidas, en los demás no entraban las señoras, y cuando iban a buscar a su marido, lo llamaban desde la puerta, sin pasar.  Recuerdo las escupideras dispuestas en los rincones, el olor acre y a orines, y el serrín que tapizaba los suelos de todos estos locales. Tiempos.

            En un rápido vistazo al diccionario que la Drae nos ofrece on line, he podido constatar algunos términos que coinciden, más o menos, con la idea que ya tenía de los términos justos en los que se pueden clasificar estos locales.

            La primera acepción de bodega es tienda de vinos, aunque en Sevilla también existían las “bodeguitas” o “bodeguillas”, como pequeños establecimientos que vendían vino por consumiciones o a cuarteo, usándose como recipientes el que el cliente traía vacio y se llevaba lleno de vino u otras especialidades. Muchos de los propietarios o arrendatarios de estos eran provenientes del Aljarafe sevillano y onubense. Sólo se bebía, si bien algunos regalaban aceitunas de rebusco o chochos salados. Unas sardinas arenques en esos sitios eran un platillo delicioso, cuando más, y lo cobraban.

            Una tasca es un garito o casa de juego de mala fama, según ese diccionario. En nuestro caso, podría tratarse del lumpen de las bodegas. Yo las he conocido.

            Una taberna es un establecimiento público, de carácter popular, donde se sirven y expenden bebidas y, a veces, se sirven comidas. Allí podríamos encontrar chacina, quesos o aceitunas de pago. En algunas podíamos encontrar cerveza de tirador; en la mayoría, embotellada, preferentemente en quintos. Famosas, casa Morales, Salazar o El Punto.

            Los colmados, de los que sigue existiendo alguno de manera testimonial y en lugares céntricos y privilegiados, eran tiendas de comestible que tenían acondicionado un espacio donde se podía beber y tapear de las propias comidas que se expendían en la tienda. Famosos son Trifón, Casa Santos, El Rinconcillo o Casa Moreno, muy céntricos, o Casa Palacios, en el Porvenir. Eran –son- regentados por gente venida de Vascongadas, leoneses, gallegos o castellanos viejos.

            Un mesón es un establecimiento típico, donde se sirven comidas y bebidas y, en Sevilla, tira más a hospedería, a pensión con comidas.

            Bar significa “barra”, así de simple. Solían ser  locales alegres e iluminados, y se despachan bebidas que se tomaban de pie, ante el mostrador. En Sevilla, el bar por antonomasia era El Cobos.

            Recuerdo también los largos mandiles blancos usados por los camareros, la tiza detrás de la oreja, para apuntar sobre la barra, casi siempre de madera oscura, las consumiciones de los clientes; los espejos de viejo azogue, decolorados y amarillentos, las bolas de alcanfor dentro de los sumideros de los urinarios, los letreros con el cupón de los ciegos que salió la noche anterior, un viejo reloj de pared, con el péndulo parado, bellos azulejos de relieve en otros, la lista de las medidas de cerveza: Caña, Tanque, Sevillano, Maceta.

            Una cuestión común a todos estos sitios: en todos se podía encontrar el famoso letrerito, en unos sitios escrito con tiza, y en otros en un hermoso cuadro enmarcado: SE PROHIBE EL CANTE.

 "EL MORAPIO Taberna existente en Triana, en la calle Pelay Correa hasta finales de los ochenta. El viejo es Juan Montilla, el dueño de la taberna. Foto del archivo de José Luis Tirado"
«EL MORAPIO Taberna existente en Triana, en la calle Pelay Correa hasta finales de los ochenta. El viejo es Juan Montilla, el dueño de la taberna. Foto del archivo de José Luis Tirado»

José Luis Tirado

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