LA ARQUITECTURA DE LAS PALABRAS

Los domingos son mi oasis de lectura y si la tarde es de cenizas, de nubes turbias, de gotas sueltas que exprimen los colores y los aromas primaverales, mejor, porque el placer por la letra se agranda.

Son tardes de sonidos sigilosos, de tierra mojada y perfumes nutrientes. Me siento en mi rincón y, antes de perder la mirada en las letras, miro los verdes sombríos, los plomos monótonos, y presiento crecer el ansia por el recital en letra chica que me guarda un artículo, una revista, un libro, un poemario.
Perderse de esa manera en tardes de domingo es beberte la belleza de una arquitectura en torre de Babel, un antídoto contra el malestar anímico que a veces nos visita con o sin motivo.

Leer es encontrarse con uno mismo entre los renglones de un verso o de una historia. Leer es enfrentarte a los acordes del fondo y trasfondo de nuestros interiores, porque leer remueve el pensamiento que yace dormido en alguna parte de nuestro ser; solo necesita que le dediques una chispa de tu tiempo para que despierte el intelecto y tu persona.

Lee, lee cuánto puedas, busca tu momento y entrégate como un amante afectuoso para que tus alas crezcan y no encuentres límite para tu placer.
Lee, lee cuánto puedas, es la forma de no ser un títere sin cabeza, una marioneta en manos indebidas, un ser libre con su propia opinión.

Con esta magnífica foto de Jesús Daza, las palabras se me desbordan, es hacer poesía de Triana, ese barrio que cada uno siente a su manera pero que, en una profana como yo, es el deseo de cantar a una tierra que, aunque de lejos, me llena el corazón de amor, de primavera, de flores cuidadas con esmero.

Soy una sombra que pulula por vuestras calles, el pajarillo que revolotea en vuestros balcones cada amanecer, la ladrona de sentimientos ajenos y trianeros que los hace suyos y se alimenta de ese aroma que solo se respira en… Triana.

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora

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