La riqueza vital de la calle Castilla

Casa de las flores, Calle Castilla, Triana.

Fijaros, al llegar a la altura del número 9, en un azulejo que recuerda que aquella casa fue el lugar donde se decidiera fundar la Hermandad del Rocío de Triana, casa donde vivía Francisco Antonio Hernández, precursor y primer hermano mayor de la que a partir de ese 6 de mayo de 1813 fuera la sexta hermandad filial de la matriz de Almonte. En la actualidad tiene su capilla y sede en la calle Evangelista.

En el número 22 se encuentra una reliquia arquitectónica y antropológica, la Casa de las Flores. Se trata de uno de los pocos corrales de vecino que quedan en el barrio. Más pequeños que los patios sevillanos, de planta más regular y de escasa anchura, a los trianeros se les cataloga como corrales-adarves por la existencia habitual de una típica casa tapón en su final. Éste destaca por mantener los antiguos lavaderos donde aún se conservan los lebrillos donde se lavaba y por la cantidad de macetas que cuelgan de sus paredes, entre las que pueden verse algunos azulejos, como el de la Virgen del Carmen, fechado el día 16 de julio del año 1968, regalo de la hermandad del puente

Por su trianerismo y para que

la Virgen del Carmen bendiga

esta Casa de las Flores, verdadera

comunidad cristiana y autentico jardín del barrio.

como recuerda su inscripción.

Calle Castilla, Triana

Al lado se encuentra la Bodeguita el 24, una taberna pequeña pero llena de sabor donde poder tomar la cerveza artesana Taifa que elaboran en el cercano mercado, como ya dijimos, pero sobre todo donde poder probar los tortazos que tienen como especialidad, tortas de aceite de Inés Rosales enriquecidas con variados productos, como la preferida del autor de estos Callejeos, que lleva salmorejo y bacalao ahumado.

Junto al portal de la casa número 18 veréis un azulejo que marca la penúltima estación del Vía Crucis que se celebrara el día 2 de marzo del año 2007 con motivo de la Coronación Canónica de María Santísima de la O, en el que se llevó en andas a Nuestro Padre Jesús Nazareno por toda la feligresía. Veremos algunos más.

Félix González de León continuó su descripción de la calle Castilla, que él recorre a la inversa que nosotros, de esta forma:

Pasada una boca calle que da al Río, y está pegada a la capilla de la O, cuya boca calle la cubrió el señor Asistente Arjona, con un bonito arco, cerrado con puertas de hierro; y sobre la cornisa se colocó una lápida con inscripción que no he podido copiar por estar muy alta, y haver perdido las letras el betún, de modo que no se ven desde abajo, se encuentra la almona ó fabrica de Jabón perteneciente á los señores duques de Alcalá, que por muchos años fué privilegio esclusivo.

 

En la actualidad una placa cerámica de la mencionada serie de Ángel Vela, colocada en el número 24, recuerda donde estuvieron estas Reales Almonas de Jabón de Sevilla.

 

Aquí se conservan

los restos de las que fueran Almonas

 Reales, fábrica donde

se elaboraba el famoso

 “Jabón Sevillano” que se

 embarcaba para América, Inglaterra y

Flandes. La Casa Ducal de Alcalá tuvo

 dominio sobre ella por privilegio

 desde el siglo XVI al XIX

 

Según se desprende de la lectura del Libro del Repartimiento de Sevilla, documentos que relacionan el reparto de casas y tierras tras su reconquista, ya se fabricaba jabón en esta calle durante la época musulmana. En él aparece cómo una casa en que facen jabón fue dada en la calle Castilla por el rey don Fernando a la reina Juana, su segunda esposa, convirtiéndose su fabricación en derecho reservado a los reyes, concesión que fue cedida durante el siglo XIV al cabildo catedralicio.

Tras un azaroso proceso de compras, ventas y herencias ocurridas durante todo el siglo XV, la familia Enríquez de Ribera, duques de Alcalá, se hace con la concesión de las almonas de la calle Castilla, así como con el monopolio para fabricar jabón en todo el arzobispado de Sevilla y en los obispados de Córdoba y  Cádiz.

Morales Padrón refiere en su libro La Ciudad del Quinientos, como en 1520

se cita como todo personal en Triana a dos hombres blancos que ganaban un ducado de oro y trece maravedíes al mes, y cinco esclavos negros, una mujer para pesar y otra vendedora situada en la puerta de la almona.

 

Los concesionarios alquilaban la explotación de la fábrica a industriales del gremio. Los más importantes fueron la familia Welser, quienes llevaron a su máximo esplendor las almonas reales, llegándose a disponer de doce calderas donde cabían cuatrocientas arrobas de aceite en cada una y una producción, en el año 1543, de quince mil quintales.

El jabón se elaboraba con aceite traído del Aljarafe al que se le añadía la sosa procedente de las cenizas obtenidas al quemar la barrilla, unas hierbas que crecían en zonas pantanosas y que se llevaban a Triana desde las marismas del Guadalquivir. Después se le añadía el perfume del almizcle, el ámbar, la menta o la algalia. Durante todo ese tiempo, en estos solares de la acera derecha de la calle Castilla, se reunieron almacenes, tinajas, hornos, salas para enjuagar el jabón, oficinas de peso, cocinas, comedores e instalaciones para los empleados, además de un muelle para el embarque de las mercancías.

El jabón blanco de Triana, llamado Castilla, adquirió fama y prestigio por todo el mundo, llegando a las casas más importantes de Andalucía, España, Indias, Inglaterra y Flandes. Aunque tuvo la competencia de las fábricas clandestinas, de precio más bajo, como era la que tenían los frailes de Santiponce o incluso de un jabón procedente de Almería.

Las almonas reales estuvieron a punto de desaparecer a finales del siglo XIX, siendo reconstruidas en 1906 y fraccionadas entre diferentes propietarios, llegando abiertas hasta los años ochenta del siglo XX.

Aún perdura entre las casas número 26 y 24 el arco que describe González de León y la lápida de mármol que el historiador no pudo leer, que da paso al que siempre se conoció como Callejón de la O, separación natural entre la almona y la iglesia, ahora rotulado Callejón del Párroco Pedro Ramos Lagares.

Manuel Macías Míguez nos ofrece la traducción de la lápida en su libro El Caserío, publicado en 1982. El texto comienza de este modo:

En el año 1832, reinando nuestro

amado monarca el S.D. Fernando 7.º

Q.D.G., ha sido construido este

hermoso arco con su reja por

acuerdo de este ayuntamiento

costeado de los fondos propios y

siendo su dignísimo presidente

del Exmo. S.D. José Manuel de Arjona

asistente en comisión de este MN. ML. Y MH,

 ciudad de Sevilla (…)

El arco da paso a la orilla del Guadalquivir y de nuevo al Paseo de Nuestra Señora de la O, desde donde se pueden ver los restos que quedan de las Almonas Reales tras ser derribadas para construir los pisos que ahora tenéis delante, orgullosos testigos de una época esplendorosa ya finalizada. Bajad otra vez al río por el viejo callejón para contemplarlos. Después volved a la calle Castilla por donde debéis continuar.

Continuará.

José Javier Ruiz,  del libro “Callejeos por Triana”

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