LOS DOCE VIENTOS DE UN CORAZÓN

La gente llevaba días despidiéndose, manifestando deseos, mandando platos precocinados de bellas palabras y mejores sentimientos, y Corazón los miraba apenándose de no sentir aquella algarabía a tres días de la fecha anunciada. Ese día, todos los que hubieran logrado saltar los obstáculos, cruzarían un nuevo umbral, o como a Corazón le gustaba pensar que abriría una nueva puerta, o una caja perfumada de nuevas sorpresas, retos, quién sabe lo que tras la puerta habría.
Esa sensación siempre le había excitado, incluso, fascinado. Sin embargo, este año se hallaba quejoso, irascible, apagado y hasta cenizo.

Para matar el tiempo mientras el gran momento llegaba, Corazón se fue a la despensa a ver que había para alimentarse, no le apetecía estar con nadie y, menos, compartir, la soledad era su mejor compañera.
Miró las baldas y se asombró de la comida acumulada en las cuatro últimas estaciones a cuál más apetitosa, más sabrosa. Todas estaban cocinadas a base de amor, chispas de sonrisas, granos de pimienta con bondad, bien de canela en rama a la aventura, y sal de muchos esfuerzos. Solo un bote de cristal era poco apetecible, o más bien nada. Dentro había un guiso de tristeza con pena inconfundible, y Corazón, a pesar de que no le gustara esa comida, cogió el bote entre sus manos y se lo llevó a la mesa.

Lo destapó y un aroma a ternura salió volando. Acarició con una cuchara aquel condimento tan triste, lo acunó en su paladar, incluso, mojó el pan en aquella salsa de lágrimas tan agridulces y, su sabor era tan hondo, tan agradable, que terminó de comerse la pena enfrascada en un bote de cristal.
Cuando terminó sintió a su alma agradecida, la cabeza reconfortada, el estómago aplacado, y en su boca la sonrisa de un melocotón.

Se sentía tan consolado y fortalecido que decidió salir a la calle en busca de la algarabía, y compartir su hallazgo gritando a los doce vientos que la pena era necesaria, y que te convertía en un ser más valiente. Que no huyeran de ella pues estaba rellena de dulce espiritualidad.

Todos siguieron a Corazón hasta la plaza a esperar doce campanadas para abrir una nueva puerta entre el cariño, la esperanza y la alegría… Uno solo, tal vez no pueda, mi querida Triana, pero en equipo seguro que puede abrir una puerta hacia el futuro…

Muy, muy feliz salida y entrada de año. Muchísimas gracias al Diario de Triana por dejarme este rincón cada domingo para que os cuente, un relato, un pensamiento. Y espero seguir aquí, con mis Trianeros, si me lo permiten, en el 2020.

Un beso enorme lleno de cariño y admiración a toda Triana.

 

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
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