MANUELA. ALMA DE DIOS

Conocí a Manuela de verla pasar cada mañana cabizbaja y a veces arrastrando el paso, como si su peso interior fuera tal que hubiera días que no pudiera más y sin embargo ahí estaba cada día, a la misma hora pasar por San Jacinto con un bolso cruzado al hombro, su cabello de plata recogido en la nuca, zapatos demasiado gastados y sus manos recogidas en una plegaria. Solo levantaba la cabeza si alguien le decía “¡Adiós, Manuela!” o “¿Qué tal, Manuela?” Entonces ella levantaba el rostro y de él emergía una suave sonrisa y contestaba “Ahí vamos, ahí vamos, gracias” y seguía su camino perdiéndola de vista en el Altozano.

Una tarde, de regreso a casa, vi a una mujer sujetándose a la barandilla del puente, parecía como si le costase respirar y me acerqué a preguntar “Señora, ¿se encuentra bien?” Ella levantó la cabeza y sonriéndome  me dijo “Sí, no se preocupe, muchas gracias… Es un poco de fatiga” Abrí los ojos de sorpresa pues era Manuela y su voz dulce quien me hablaba. Pasé una de mis manos suavemente por su hombro, no sé que pretendía con ese gesto, la verdad pero me salió de dentro y ella al notar el roce me miró. En su mirada había esculpido tanto dolor y tristeza pero, a la vez, tanto amor contenido que me salpicó el corazón “¿Puedo acompañarla a algún sitio?” Pregunté y Manuela volviéndome a sonreír, me contestó” Pues si eres tan amable, ayúdame a llegar a ver a mi hijo antes de que cierren”.

Se agarró a mi brazo y cruzamos el puente despacio, en calma, sin hablar, respirando las últimas luces del día. Creo que nunca había sentido tanta paz en mi vida. Aquella anciana que no conocía de nada, primero me infundió lástima, y esa tarde me infundió tantas sensaciones que no sé explicar. El caso es que, cuando me di cuenta, ambas estábamos dentro de una iglesia. Ella se arrodilló y de su boca escuche susurros de ruegos y lamentos. Después, puso sus manos en oración y rezó. Yo seguía sentada en el banco observándola como si mis ojos se alimentaran de su imagen. Ella lo debió de notar y se volvió hacia mí y me dijo “¿Me ayudas a subir a darle un beso?” La levanté y fuimos hasta unas escaleras detrás del altar, subimos y al llegar puso la palma de su mano en el talón del Cristo igual que si fuera una paloma al tocar tierra, cerró los ojos y la escuché decir “¡Qué duro es vivir, hijo mío! Pero sea tu voluntad”

Después, bajamos, me pidió llevarla a un banco y que me marchara. Puso sus labios en mi mejilla y me besó; sentí que era el beso de una madre “¡Gracias!” Respondí, agradecida profundamente… Nunca más volví a ver a Manuela. Pregunté por ella, pero nadie me dio razón.

Llegué a pensar que no vi ni estuve con Manuela sino con María, Madre de Dios… Tuve ese privilegio.

 

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla…Gymnopédies

     

Foto: Jesús Daza.