OVEJAS PARA UN PASTOR

Paco no hace más que dar vueltas a las cuentas del rosario. Íntimamente está asustado, la notificación le ha pillado por sorpresa, quién le iba a decir que alguien se iba a acordar de un cura de pueblo. Él allí estaba tan contento, tranquilo y en paz ayudando a su rebaño. Desde que le regalaron la motocicleta los feligreses después de una colecta con el fin de llevar la palabra de Dios con más rapidez que una bicicleta, el tiempo le cundía mucho más. Amaba a sus paisanos. De sobra sabía que eran de fe quebradiza y que, si no estaba pendiente de ellos, se dispersaban en conceptos mundanos tan propios del mundo actual. De paso, ¡cuánto aprendía de ellos!

¿Quién cree hoy en Dios? Lo que rige es la inmediatez, lo tangible y el Señor necesita sus tiempos, su espacio, el silencio y la reflexión para escuchar su palabra. Para todo eso se necesita un pastor, él, por ejemplo, Paco el espantanubes, apodado así porque encuentra soluciones a todo lo que a uno le atribula, “¡Qué bobadas, Señor! Tú bien sabes que mi único afán es que la gente sea honrada y lo más feliz posible, por lo tanto, procuro quitar hierro a los asuntos banales porque la mayoría lo son, y los gordos pues no queda otra que encomendarse a Ti para que hagas lo que creas más conveniente… Tú sabes que aquí en estas tierras donde perdiste la zapatilla y no te acordaste de volver a por ella, hacía una labor digna, ¿quién va a querer venir aquí? Nadie, te lo digo yo y bien que me podías haber dejado y no que me mandas a Sevilla, ¿no había lugar más lejano? Sí, sí, me consuelas diciéndome que me mandas a un buen barrio, Triana, ¿sabes cuántas almas tiene? Cerca de cincuenta mil, ¿a dónde va Espantanubes con tanto personal? Seguro que me apodan el Pocamecha por falta de sal, pero hágase tu voluntad”

Paco en este tiempo de descuento se ha ido despidiendo de sus paisanos con la promesa que los escribirá o, mejor dicho, los guasapeará diariamente en el grupo que creó hace un par de años para comunicaciones y de paso con el fin que se conocieran y ayudasen entre sí. Ha limpiado y sacado brillo a la motocicleta para que su sustituto esté contento y, cuando se ha subido al autobús de línea, se le han empañado los ojos. Atrás dejaba veinticinco años de vida que cabían en una maleta y comenzaba un nuevo reto. En el viaje a Sevilla ha rezado, se ha empapado del paisaje y ha pensado y suspirado demasiado. Al bajarse en la estación de Santa Justa, ha cogido un taxi y pedido que lo dejen en el puente de Triana. Ha leído que hay que entrar andando. Se ha quedado varado desde la otra orilla mirando al fondo, su futuro. Luego ha reemprendido la marcha despacio. Se le caen los vaqueros, en el último mes del disgusto no ha comido y ahora de pronto se siente muy cansado y perdido.

Al terminar el puente ha llegado a una plaza que le ha gustado, tal vez circule mucha gente, ha pensado mientras veía un bar a su derecha al que se ha dirigido y sentado en una mesa. Pide una cerveza y se pierde en sus pensamientos hilvanados por la desazón.

  • ¿Me das un euro para un bocadillo? -Paco se ha vuelto a buscar la voz y delante de él encuentra un chico desgarbado y famélico.
  • Siéntate y pídelo.
  • No, tengo prisa. Dame el euro.
  • Te he dicho que te sientes- el chico ante esa voz autoritaria titubea y al final se sienta- ¿Eres de aquí?
  • Quiero un bocadillo de jamó.
  • Te he preguntado si eres de aquí. ¡Ah! Y cómo te llamas. Yo, Paco.
  • Yo, el Bala-el muchacho mira a Paco con los ojos vacíos-… Soy de aquí.
  • ¿Padre, madre, perrito que te ladre, trabajo…?
  • Quiero mi bocadillo y me largo-le vuelve a mirar y sus ojos ahora a Paco se le antojan vidriosos-… No tengo nada, solo el bocadillo jamó que me vas a dar.
  • Pues vas a tener que ganártelo muchacho.
  • ¡Váyase a la mierda, viejo! -hace ademán de levantarse y Paco le sujeta el brazo, es puro hueso.
  • Tú te quedas aquí, Balilla. Pago mi cerveza y me haces el tour. Después, el bocadillo- Paco saca dos monedas, las deja en la mesa, se levanta y ve como el Bala arrima la mano a coger las monedas.
  • ¡Quieto ahí o te corto la mano! ¿Por dónde empezamos?
  • Vamos a ver a mi madre.
  • Pero si has dicho que no tienes. Aclárate.
  • Esta es de los trianeros, es la Esperanza de todos nosotros.

El día toca a su fin, el ocaso llama al cielo de Triana barnizándolo de púrpuras. El Bala no respira, engulle el bocata con ganas. Paco sonríe mientras le observa y piensa “Gracias, Señor, ya me has enviado a la primera oveja de Triana”

¡Feliz semana, mi Triana bonita!

MªÁngeles Cantalapiedra, contadora de historias

 

PD. Foto Jesús Daza