RELATOS DE VERANO…Pegar la hebra

“No hay peor ciego que aquel que no quiere ver”

Uno de los alimentos más sustanciosos para el espíritu es el contacto humano; cualquier versión me vale, aunque he de reconocer que a mí lo que más me gusta es escuchar, mirar a los ojos y abrazar, esos abrazos que ahora están prohibidos por el maldito Covid. ¿Por qué? Según una amiga, sostiene que lo mío es deformación profesional y yo la contesto “Pero si no me callo ni debajo de agua”, a lo cual responde “Lo único que haces es dar un motivo para que la gente hable” Yo qué sé, tal vez los demás me ven más que yo…

Bajé de tren en una tarde clara de genuino frío vallisoletano. El airecillo fresco abrazó mi rostro agradeciendo esos silencios tan llenos de paz de mí ciudad, y no pude reprimir una pizca de placer sensorial cerrando los ojos y dando las gracias de estar nuevamente en casa. Llené de besos a mi madre hasta lograr una pequeña mueca lo más parecido a una sonrisa, “¿De dónde vienes, hija? Pareces un huracán helado”, y para comprobar dónde tenía su cabeza, le dije “De Murcia, Mamá”, ella intentó mirarme, “Pero si vives en Madrid, ¿has vuelto a dejar a tu marido solo? Cualquier día te abandona y me alegraría por ser tan egoísta” Una felicidad innata rellenó mi ánimo al comprobar que el genio y figura de mi madre estaban sanos, así que me fui con dos amigas a tomarnos una mariscada por cinco euros.

Sí, habéis leído bien, cinco euros. Es un lugar cañero delicioso, todo congelado pero que los domingos ponen todo el género a mitad de precio. El público es un IMSERSO muy avanzado, pero no por eso las señoras dejan de engalanarse de domingo y pintarse como una puerta estridente y los señores echarse encima todo un bote de colonia barata, ¡Virgen del amor hermoso si vinieran las estilistas de los Goya a este chiringuito!

De este lugar, una de las cosas que me fascina es un banco cutre a la puerta muy concurrido por los fumadores y allí aparecí yo a saborear esos gramos de felicidad inesperada que me había regalado la tarde cuando, de pronto, una señora con un cardado que casi llegaba al letrero de bar, se sienta a mi lado y va y se pone a hablar.

  • Si no estás casada, no lo hagas. Los hombres son unos petardos. Mira ese, es mi marido. Cara de aburrido, refunfuñón, no disfruta con nada. Y ahora, con la desgracia que tengo encima, podía ser un poco más considerado conmigo. Pues no, igual de caimán sigue-…lo de caimán como que me sonó fuerte y me volví a mirarla. El cúmulo de años no había borrado la belleza a esa mujer a pesar de los kilos de maquillaje.
  • ¿Qué la sucede, buena mujer?
  • Que, ¿qué me pasa? El viernes me dijeron que me quedo ciega, ¿ya ves? Y ese caimán como si no tuviera tripas, ni siente ni padece.
  • ¿Cuánto le queda más o menos? – pregunté azorada recordando la ceguera de mi madre.
  • Si se me da bien, dos, tres años a lo sumo-y se puso a llorar con una pena honda, a fumar como si el tabaco se fuera a extinguir de las tabacaleras. A hablar como si de un momento a otro las palabras fueran a desaparecer… Y yo me fui enamorando de esa anciana de corazón joven que gustaba de telenovelas y leer a Corín Tellado, el periódico, el mar de Benidorm, los pasodobles a media tarde, comprarse ropa para salir de paseo con su caimán y de paso sentir la admiración de sus amigas…

Cuando vomitó todas sus penas, mis amigas se habían comido los langostinos a la plancha congelados mientras yo me alimentaba de otras cosas.

  • ¿Cómo te llamas?
  • Carmina.
  • ¡Qué bueno es pegar la hebra, Carmina! Lo que tienes que hacer ahora es beberte todo lo que pase delante de ti para cuando la luz se apague, en la oscuridad puedas ver todos los colores.

Caimán apremió a Carmina, pero antes dio tiempo a darnos un abrazo… Luego entré y me pedí una ración de langostinos a la plancha para mí sola; para rumbosa yo y, ¡qué buenos me supieron!

Mi querida Triana esta semana pasada te he visto de lejos dos veces. Iba camino de Cádiz y entré en Sevilla a ver a mis hijos. Te vi muy de mañana, bonita y luminosa y de puente a puente te besé mientras mi mirada te abrazaba y se colgaba en la cúspide de Santa Ana y, al marchar, rocé la basílica del Cristo de la Expiración dándome tiempo a pedir que cuide de los míos. A ver si este virus maldito se serena y puedo volver a quedarme contigo unos días. Entre tanto ese deseo llega, te deseo mi bonita Triana una semana estupenda.

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora
©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla…Gymnopédies ©Largas tardes de azul ©Un lugar al que llegar