RODRIGO BELMONTE

Salgo a la ventana, es una mañana deliciosa. Me voy a duchar rápido y me  bajo a la calle, porque me gusta mucho este barrio cuando despierta y se pone con sigilo a funcionar. Lo cotidiano es lo que más me arrebata de Triana, sentarme en una terracita o apostarme en la entrada de cualquier bar y mirar. Otear ese duende que habita en el corazón de sus gentes. Por ejemplo, ese hombre ahí sentado que habla solo…

Su bastón es su amuleto, el tercer pie, su compañero, sin él, Rodrigo se siente cojo. A veces, incluso, apoya la barbilla en él para pensar, para que su cabeza no se canse de tanto mirar a su barrio, ese barrio que le vio nacer, por el que sus pasos de niño danzaron si bien por un tiempo emigraron, pero volvieron pronto a su cuna para nunca más partir. Aunque, su nuera, la de Despeñaperros para arriba, pretenda ahora organizarle la vida y se lo quiera llevar a donde los jamones… Rodrigo ahora mismo no se acuerda de la ciudad, sabe que empieza por la letra S pero no es Sevilla… ¡Ah, ya! Salamanca, “Esa chicha está boba”, se dice. “A mí de Triana solo me arrancan muerto”

No entiende por qué los jóvenes se empeñan en organizar la vida a sus mayores como si ellos lo supieran todo, y lo que no saben esos niñatos es que sus mayores ya tienen “el culo pelao”, que la vida se ha encargado de enseñarles de todo aún sin libros de por medio.

Rodrigo suspira, mira, bebe esas callejuelas que tanto ama. Él nació en la calle Alfarería, aún sigue viviendo ahí. Fue lo poco, lo único más bien, que su padre salvó de la ruina. Sus hermanos murieron y él se quedó con el piso… “Sí, Rodrigo, se han ido muriendo todos, solo quedas tú. A ver cómo te las apañas porque tus hijos… No, mis hijos no, las nueras son dos buitres y te quieren vender la casa, que Triana está de moda y hay mucho dinerito fresco flotando por ahí. Ellas lo han olido, Rodrigo. Espabílate”

No me canso de mirar a ese hombre ahí sentado que habla a voces, ¡me recuerda tanto a mi abuelo! ¿Y si bajo y me siento a su lado? No, no lo hagas, está hablando con su soledad y, por su gesto, es feliz a su manera. Hay quienes sufren de soledad, esa no distingue edad, pero no ese anciano precisamente. De pronto, como si intuyera mi presencia ha levantado su cabeza y me mira.

  • ¡Buenos días, jovencita! Soy Rodrigo Belmonte. Mi nombre es marinero, en honor a Rodrigo de Triana y, mi apellido, tan torero como este barrio… Tú, ¿de dónde eres?-le miro, le sonrío, ¡tiene unos ojos tan chiquitos!, seguro que gastados de tanto ver esta vida…
  • De ninguna parte- contesto si darme cuente de lo que digo.
  • Pues muy mal-le oigo decir- Todos debemos ser de alguna parte, tener una tierra a la que amar. La mía es Triana, la mejor. Mira a ver si te prohíja…

En ese momento me ha sonado el teléfono, cuando me he vuelto a asomar a la ventana, Rodrigo Belmonte ya no está, pero mi corazón presiente que es otro duende que flota por un barrio que se llama Triana.

PD. ¡Buenos días, mis Trianaeros!… Mi relato de hoy es un trabajo en equipo, entre nuestro fotógrafo de cabecera, Jesús Daza y yo. Una historia para escribir sobre una foto suya, y esto es lo que salió.

Feliz domingo, un besazo a cada uno de vosotros

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
©Largas tardes de azul ©Al otro lado del tiempo ©Mujeres descosidas ©Sevilla…Gymnopédies