UN CUBANO EN MI VIDA

Buenos días, mi Triana bonita! Hoy os traigo un nuevo relato cuya esencia más de uno lo hemos vivido con nuestros padres. Eso sí, yo he añadido unas chispas de imaginación para que ciertas realidades sean más amables…

Mis dos hermanos fueron muy claros:
– Mientras no encuentres trabajo, podrías ocuparte de papá. Los horarios de los médicos son pésimos para nosotros. Hay que contratar a alguien para que lo saque a pasear, limpiar la casa, tener una persona permanentemente en casa… Todo ese dinero que vamos a gastar, te lo damos a ti. ¿Qué te parece, Elisa?

La verdad, la proposición no me agradaba y, menos, volver a vivir en casa de mis padres, además, siempre me llevé fatal con mi padre. Sin embargo, la realidad era lo que era. Se me acababa el paro y no encontraba trabajo. Así que una mañana de abril, dejé el apartamento que compartía con dos amigas y volví renqueante al hogar de mi niñez.

Ya según entré, comencé a discutir con don Emilio, mi padre, que, aunque ya no era el mismo, el que tuvo, retuvo. Un general de ordeno y mando retirado, e impedido, pero me lo tomé como un trabajo más en el que tu superior es un tocapelotas amargado y exigente que te paga la no desdeñable cantidad de tres mil quinientos euros al mes; eso sí, tenía que hacer todo, absolutamente todo.

Recuerdo que el primer mes caía exhausta en la cama y que, a media noche, mi padre me hacía levantar un par de veces para ir al baño. Lo hacía adrede pues cuando llegábamos me decía “Falsa alarma” y vuelta a la cama. Nada que ver con la hora de la ducha en la que se negaba a que le duchara yo y, por tanto, le viera sus partes íntimas. “¿Te crees que me van a poner esos colgajos flácidos que tienes, viejo cascarrabias?” Él me humillaba llamándome solterona que encima no sabía cocinar ni fregar, y yo hacía lo mismo con él, y en una de nuestras múltiples riñas fue a darme un bastonazo y cayó redondo al suelo. El susto que me pegué fue morrocotudo. Rápidamente llamé al 112 y le llevaron al hospital; el resultado fue un pie y una mano rota y ahí todo cambió entre nosotros. Sus humos se desvanecieron, así como mi agresiva amargura. Era más trabajo, pero mejor entendimiento entre los dos.

El tiempo era proclive a paseos largos y terrazas. Le leía el periódico y comentábamos, íbamos a la compra juntos y mi padre elegía lo que más le apetecía comer, aunque luego discutiéramos porque mis comidas siempre eran sosas. Otra de nuestras ocupaciones eran los chequeos médicos más la visita al traumatólogo, un médico cubano de unos treinta y cinco años, moreno, con barbas y hablar meloso; ir a su consulta significaba un bálsamo para mi ánimo. Aquel hombre me tenía cautivada y mi padre se dio cuenta y comenzó a querer ir a su consulta una vez por semana. Yo no le llevaba la contraria, pero pasaba vergüenza por sus escusas sin fundamento. Incluso, un día tomando el aperitivo en una terraza próxima al hospital, su favorita desde hacía dos meses, le vio entrar y le llamó. Le hizo sentarse, tomarse una Coca-Cola con nosotros, yo no despegaba la mirada del periódico. Me sonrojaba mi padre, Aurelio, así se llamaba y cuando se fue, mi padre llamó al camarero.
– Dos Martinis, por favor…
– Pero, papá, con la medicación no puedes beber alcohol.
– ¡Va! Tonterías. Vamos a celebrar que, con un poco de suerte y, si tú pones de tu parte, de un tiro matamos dos pájaros.
– ¿De qué hablas, Papá?
– Te he encontrado un novio que cargue contigo y un médico para mis huesos.

Dicho y hecho. Me casé hace un año con Aurelio. Por supuesto, mi padre vive con nosotros. En agosto iremos a Cuba a conocer a su familia. Mi padre, claro, no viene, pero me ha pedido encarecidamente que si veo una mulata que me guste, la contrate como cuidadora y me la traiga para España.

¡Feliz semana mis trianeros!

 

M Ángeles Cantalapiedra, escritora
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