Un güisqui Trianero

güisqui trianero

Este año en el mes de febrero tuve el honor de recibir un premio literario por mi tercera novela y entre las muchas cosas que traía debajo del brazo mi tercera hija era la publicación en Colombia. No se pueden imaginar el vértigo que me dio aquel galardón pues me tenía que pasar allende los mares diecinueve días con sus noches, lejos de casa, sin mi familia, sin apenas conocer gente… ¡Fuegos fatuos! Salió todo divinamente, me mimaron, me enseñaron aquel país maravilloso, sus gentes no pueden ser más cariñosas y los lectores no tengo palabras suficientes para expresar mi agradecimiento.

Pues bien, nada más aterrizar, con siete horas menos allí con respecto de España, dejé las maletas en el hotel y me llevaron a conocer a mi editor colombiano; once la mañana en Colombia. Después de saludarnos me dice “Ángeles, ¿un güisquisito?”, se me puso una cara pardilla que, hasta sin verme, me la notaba, pero donde fueres, haz lo que vieres,  y acepté. Cerré los ojos e igual que si me estuviera tomando un tequila, ` ¡hala, de un trago! Y, mi editor que lo ve, me rellena el vaso. Así, varias veces y el caso es que yo notaba mi cabeza en su sitio, no decía bobadas ni se asomaba la risa floja. Vamos, yo muy enjuta en mi papel de escritora. A Dios, gracias, la botella se terminó y a mí me devolvieron al hotel. Pero cuando me quedé sola, a la habitación se la movían las paredes y en mi boca se había instalado, por fin, la risa. Es cuando recordé el primer güisqui de mi vida. ¿Dónde? En Triana, dónde va a ser si no…

Para comenzar, les contaré que a mí el güisqui no me gusta. Una vez dicho esto, corrían finales de los años noventa cuando aterricé en Sevilla con un grupo de gente. Mi marido ese viaje no estaba porque, si llega a estar, pide el divorcio. Pues bien, en una de las salidas nocturnas terminamos en casa Anselma. ¿Qué pasó allí dentro? Muy bien no lo sé, pero sí puedo contar que terminé sentada en la primera fila al lado de un matrimonio que no conocía de nada. La noche prometía, venga a dar palmas, risas van, risas vienen y mucho cante. En un momento indeterminado, el hombre sentado a mi lado me dice “Señorita e uté mu grasiosa. Voy a pedir un güisqui pa mi mujé, ¿quiere uno?”En qué estadio estaba yo a esas alturas, no lo sé, pero dije que sí. Es más, le miré y pensé “Igualito que el gitano señorito” y nos pusimos los tres a hablar como si nos conociéramos de toda la vida, y güisqui va y güisqui viene.

Jamás había bailado una sevillana, no por falta de ganas, sino porque soy un pato bailando cualquier cosa, pero el güisqui, el gitano señorito, su esposa y yo, allí salimos al corrillo a darlo todo, a demostrar lo que es arte de verdad.

 

No sé quién me llevó al hotel ni cómo llegué, pero cuando desperté, primero me acordé de mi Pepe “Ay, menos mal que no has venido, mi amor, porque con lo discreto y formal que tú eres, reniegas de mí” Me duché, bajé a desayunar, mis amigos me miraban y se partían de risa mientras yo me juraba a mí misma mismamente que jamás de los jamases volvería a probar un güisqui. Si hasta recuerdo que meses después cuando volví a Sevilla y me vio Anselma me preguntó con cara de sorna “¿Qué, un güisqui?”

¡Ay si se llega a enterar mi madre!, me liquida y detrás, mi marido pidiéndome el divorcio.

Tranquilos, en Colombia, gracias a Dios, estuve serena, nada que reprocharme.

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora

#Sevilla…Gymnopédies #Al otro lado del tiempo #Mujeres descosidas