Caminando por la Cava de los civiles

Callejeos por Triana

Ahora seguid vuestros Callejeos hacia la izquierda no sin antes volved la vista para poder ver el reloj de las monjitas, el tercer reloj público del barrio después del que hubo en la Cartuja y en el Altozano. Sus campanadas aún retumban en la calle trayendo viejos recuerdos a muchos trianeros criados en ella.

Deberéis hacer otro acto de fe y creer que en el solar abandonado que existe junto al moderno edifico de la constructora Galia, donde debía estar el número 41, existió la casa-cuartel de la Guardia Civil que diera nombre a la Cava de los Civiles, y por oposición a la Cava de los Gitanos. Su origen fue el cuartel de inválidos que citara González de León en sus Noticias Históricas, casa y hospital donde acabarían aquellos heridos de guerra del siglo XIX. Pues bien tras la fundación de la guardia civil en 1844 el lugar fue ocupado por la benemérita, cumpliendo sus funciones desde entonces hasta principios de los años ochenta del siglo XX, cuando se trasladan a las guarniciones rurales.

Dejad atrás el solar abandonado, profunda herida que la calle tiene que soportar por ser tan vieja, y fijaos en un pequeño bar con el nombre de El Ancla que hay en el número 43.

Y si estos Callejeos se fijan en él no es por su exquisita gastronomía, ni por la amplitud de sus salones, ni por su tradicional decoración, sino por los contertulios que allí se reunían cuando lo regentaba su anterior dueño, Manuel Sánchez Pérez, un aznalcollero que hace más de treinta años decidió ganarse la vida en Triana sin saber que con el correr del tiempo su negocio sería recordado como el ateneo de Triana, un espontaneo centro cultural donde numerosos artistas del barrio se citaban, sobre todos los mediodías de los sábados, a convivir, a conversar, a discutir, a beber. Incluso más de un día se cantó y bailó en sus pocos metros cuadrado. En definitiva, un lugar donde vivir Triana como siempre se ha hecho.

El autor de estos Callejeos tuvo la suerte de poder asistir a algunas de estas tertulias, impregnándose de esa forma de la esencia de los escritores, bailaores, cataores, pintores, guitarristas y demás artistas que las frecuentaban, esencia donde se fundía un marcado orgullo de identidad propia con la más acentuada hospitalidad, haciéndonos sentir como si lleváramos toda la vida entre ellos.

Manuel Sánchez se jubiló a finales del verano de 2015, trasladándose la tertulia a la abacería La Alboreá en la calle San Jacinto.

Enfrente, en el número 50, todavía queda una de esas antiguas casas de vecinos, el Corral Sánchez. Asomaos y ved a través de su reja un trocito del pasado. A su lado la Taberna la Cava os servirá para hacer un alto y recuperar fuerzas. Sabed que los fines de semana, además de buen vino y buena cocina, la Cava ofrece a sus clientes flamenco en directo, rememorando los tiempos en los que el cante de Triana se daba en las tabernas.

Justo al otro lado estuvo el Corral Montaño, el mayor que hubo en Triana. Vela Nieto lo recuerda con la siguiente seguidilla:

En el corral Montaño

se fabricaban

las bolitas de barro

con que jugaba.

Pintadas de colores

veinte a las “gorda”,

azules, amarillas,

verdes y rojas.

 

Seguid caminando por la calle Pagés del Corro, límite y frontera entre el casco antiguo de Triana y la nueva Triana erigida sobre las huertas que comenzaban en la acera de los pares, hasta llegar a la siguiente calle que aparece a vuestra izquierda. Es el momento de volver la vista atrás y dar un último vistazo a la antigua Cava de los Civiles. Los trianeros antiguos lo hacen con verdadera nostalgia por tanto que albergó y ya está perdido, como quedó reflejado en unas palabras escritas por Emilio Jiménez Díaz en su blog Desde mi Torre Cobalto recordándola:

Pero la piqueta se llevó por delante la esencia de sus corrales y los perfiles de sus habitantes, dejándonos las heridas abiertas (…) Se perdió el olor a mosto de Villanueva en los reductos de las tascas íntimas, en cuyos mostradores marcaban los nudillos el compás de la Soleá (…) Y esta Cava, la alta y vieja, la de los civiles, se ha ido desnudando de emociones, como los árboles cuando llega la orilla del otoño(…) Hasta se fueron los olores de la vida a aserrín, a naranja, orozuz, palmitos y melojas (…) porque hoy andar por esta Cava, dar un paseo por ella es llevar nuestros pasos hacia ninguna parte, sentir galopar el corazón a golpes de nostalgias, llorar ante los crímenes urbanísticos del ayer inmediato y de un presente que sigue revalidando lo mal hecho.

 

Pero todo no se ha perdido, porque en la esquina donde ahora estáis todavía se conserva Villa de Reinosa, uno de los pocos tesoros del pasado que esta castigada calle aún nos ofrece.

 

Se construyó en el año 1915 por encargo del cántabro Joaquín Arenas Fernández para vivienda y negocio. Es posible que don Joaquín llegara a Sevilla como tantos otros emigrantes montañeses o gallegos para ganarse la vida, y tras trabajar duro durante muchos años se permitiera el lujo de invertir sus ganancias en construirse una casa en este lugar, cerca de un estratégico cruce de caminos como era el formado por Pagés del Corro con la cercana calle San Jacinto, que además acogiera en los bajos su tienda de ultramarinos.

Imaginemos qué tipo de hombre pudo ser para que contratara a un renombrado maestro de obras, Rafael López Carmona, del entorno de prestigioso Juan Talavera, para que diseñara su casa, pero sobre todo para que acudiera a Gustavo Bacarisas, un afamado pintor recién llegado a la ciudad, para que se encargara de la decoración de la fachada. Formado en el vanguardismo y el impresionismo de esos años y después de trabajar en París y Roma y haber viajado por Sudamérica, Bacarisas se había instalado en Sevilla en 1913, en esos momentos bajo la influencia de la pintura de García Ramos y Gonzalo Bilbao.

Don Joaquín no tuvo mejor motivo decorativo que su propia familia, mandándole dibujar los bustos de sus hijas, esposa y hermana sobre unos medallones de azulejos de la cercana fábrica de Montalván.

La fachada que da a Pagés del Corro nos muestra además dos rótulos comerciales de cerámica que decoran las dos puertas del local, donde aparecen sendas cartelas con la actividad de la tienda y el nombre del propietario. El primero es una reproducción realizada en 1980 por Guillermo Moreno, colocado durante la restauración que sufrió todo el edificio, mientras que el segundo es original de Bacarisas.

Pero el afamado pintor dejó el mejor paño de azulejos para el arco de acceso de la calle Antillano Campos, por donde continúan estos Callejeos. Entrad en ella y fijaos en el bucólico nacimiento del río Ebro que Bacarisas nos pintó hace ahora justo cien años.

La familia Arenas disfrutó solamente dos décadas de esta hermosa vivienda, porque la Guerra Civil obligó a Joaquín Arenas a abandonar Sevilla. Su lugar lo ocupó Francisco Pariente, un servicial comerciante que supo dar continuidad al negocio hasta tal punto que Villa de Reinosa se conoció durante mucho tiempo como Casa Pariente. En la actualidad y desde 1986 este lugar es conocido como Casa Anselma, emblemático local de flamenco donde se dan cita principalmente los turistas y forastero que acuden a Triana buscando ese arte que parece perdido y que Anselma les ofrece.

Admirando Villa de Reinosa nos hemos introducido casi sin querer en una de las calles más antiguas de Triana, dedicada en 1915 al héroe de la Guerra de África el teniente Francisco Antillano Campos, hijo de un militar afincado en la calle Betis. Durante los siglos XVII, XVIII y XIX se le llamó de Cuchilleros y a partir de 1860 Nuevo Mundo.

Así que caminad por esta antigua calle sabiendo que en sus primeros metros estuvo el Tejar de Conchita, el último que permaneció abierto en Triana, hasta llegar al Bar Las Golondrinas que os encontraréis en el número 26. Aunque fue fundado en 1962, consiguió su fama a finales de los años setenta cuando lo adquiriera Paco Arcas, el alcalde de Triana ya recordado cuando callejeábamos por el Altozano. En la actualidad está regentado por sus tres hijos, que han tenido la habilidad de convertirlo en todo un referente del tapeo de la ciudad. Entrad si lo encontráis abierto y disfrutad de su barra circular o de su saloncito en el soberado, de sus variadas tapas, entre las que destacan sus puntas de solomillos, sus famosos caballitos de jamón y especialmente sus zanahorias o rabanitos aliñados, además de su típica decoración con sillas de eneas y azulejos en zócalos y paredes.

 

Callejeos por Triana

 

Al salir fijaos en una nueva placa de azulejos de otro guardián incansable de Triana. En este caso el dedicado a Rafael Ariza Aguirre, decano de los capataces sevillanos, conocido como Ariza El Viejo, nacido en esta calle en el año 1883. Además de iniciador de una saga de capataces fue fundador de varias generaciones de hermanos de la O, hermandad a la que los Ariza siempre han estado muy vinculados, mandando los pasos de la cofradía y compartiendo con sus hermanos de la calle Castilla su vida de hermandad.

Después continuad hasta llegar a una encrucijada de dos calles conocida desde tiempos del Asistente Olavide como Los Cuatro Cantillos, como lo atestigua el azulejo que mandara colocar en 1771 y que todavía se conserva.

(Continuará)

José Javier Ruiz, del  libro Callejeos por Triana

 

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Presentación Callejeos por Triana. Segunda parte
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