LUZ DE INVIERNO

Invierno

Diciembre, nueve de la mañana. La niebla envuelve la luz, el Guadalquivir y el adoquinado de la calle Pureza está mojado. Las pisadas suenan a hueco mientras Daniel avanza lento, despacio, no tiene prisa.

El sonido de sus pasos y el gorgoje de las cigüeñas en el campanario de Santa Ana le reconfortan. Siente que vuelve a casa. Huele a ella, a leña y hollín y ese frío templado de la llanura no hace más que calentar sus ansias.

Ve una tabernilla en la Plaza de San Ana y decide hacer un alto. Entra, el garito está perfumado de café de puchero y porras. Se sienta junto a la ventana a ver pasar su memoria vieja y desenredar su realidad. Los años le han hecho deleitarse del recuerdo y vagar sobre los pensamientos. Ana se lo enseñó, y él, lazarillo fiel de un amor que no tiene fin, siguió su estela.

Enciende un cigarrillo y pide una copa de anís. Cae en la garganta como una burbuja de pimienta que estremece la piel a la par que hace tiritar una sonrisa.

Una mujer que lee un periódico cerca de la mesa de Daniel, ha levantado la mirada y no ha podido por menos que admirar la belleza pausada de ese hombre que ríe solo. Además, es que si lo observa más detenidamente se le ve que disfruta de su soledad. Sus gestos son de varón templado, marchito de experiencias. “No es de aquí”, se dice Laura, “Un hombre así, no se me hubiera escapado”, se vuelve a decir a sí misma.

Daniel nota una mirada y se vuelve. Una mujer lo analiza y él le devuelve una sonrisa mientras piensa “Es guapa. Lástima que mi corazón ya no le queden ojos”, y sigue fumando entremezclando pequeños sorbos de anís.

Unas campanas marcan las diez. Daniel tiembla de pronto. Es la hora. Deja unas monedas encima de la mesa y subiéndose las solapas del abrigo sale a la calle. De repente, se da cuenta que está nevando “Es imposible, en Sevilla que yo sepa la nieve se ha imaginado, pero nunca vistos”, se dice. Cierra los ojos y levanta la cara al cielo. Necesita sentir los copos sobre su rostro y recordar que hubo una vez hace, ¿tal vez, treinta años? Un veintidós de diciembre dijo adiós a Ana; justo dos portales más abajo, en Pelay Correa. También nevaba en su imaginación… Parece que fue ayer.

Según se aproxima a su destino de alguna ventana se escapa un sonido cantarín “Tres mil trescientos ochenta y ciiiiiiiiinco… Veinte miiiiiil eurooooos” “Sí, ya es navidad”, se dice Daniel “Un año más de mi vida, doce meses pensando en este día y, al fin, ya ha llegado”

Le vuelve a temblar la mano izquierda. El ramillete de margaritas blancas titubea mientras se adentra en su destino, calle Pagés del Corro, al Monasterio de monjas Mínimas.

Llama al timbre y siente que unos pasos se acercan.

– Ave María Purísima…

– Sin pecado concebida… Una docena de perrunillos y media de mantecadas.

Treinta segundos después, el torno se mueve y aparece el pedido. Daniel pone un billete, las margaritas y una carta; el torno se vuelve.

Antes de salir, se queda unos segundos parado, estrechando contra su pecho el botín. Después encamina sus pasos por donde llegaron.

Vuelve por la calle blanca, no deja de soñar que nieva en Triana, y Daniel sonríe, sonríe y da gracias a Dios. Ana sigue viva.

Entra de nuevo en la tabernilla y se vuelve a sentar en la misma mesa. Pide un café y saca una mantecada, Cierra los ojos para concentrar más el sabor, Sabe que las ha hecho Ana para él.

Laura levanta la vista y se encuentra con el hombre de hace un rato. Ahora le nota henchido de placer. Le da envidia, algo en su interior la dice que ese hombre saborea el amor, un amor en mayúsculas y vuelve a sentir el gusanillo de la pelusa.

Lo que Laura no sabe y, tal vez, nunca tenga oportunidad de conocer, es que Daniel, efectivamente, siente la llama del amor. De un amor puro, sin roce, poético y místico. Se enamoró de Ana y ella de él, pero el destino les jugó una mala pasada. Él se fue de reportero a Vietnam. Tardó tanto en volver que Ana creyéndole muerto, porque lo dieron por desaparecido, se metió a monja de clausura. Inmortalizado así su amor por Daniel.

Cada diciembre, la luz de invierno enciende sus pasiones y conectan sus almas con un ramo de margaritas, unas cartas, una docena de perrunillos y media de mantecadas.

El amor, a veces, sigue caminos que el tiempo no puede borrar su huella.

¡Bonito domingo mis trianeros!

Ángeles Cantalapiedra, escritora

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