PÁGINAS DE ESPUMA

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Carlitos ha abierto el cajón donde se guardan los instrumentos musicales de su madre. Ve de todo, desde la espumadera, el trinchador de carne, la paleta, o el pincel de pintar las empanadas, pero no el abrelatas. Lo encontró en el tercer cajón, ese que llama su madre la magia del chef. Ella pone nombre a todo así que el abrelatas de su padre, para su madre es el destapador de esencias y eso mola mucho más, pues eleva las cosas más simples a categoría estrella.

Desde hace tres meses, al llegar la hora de dormir, Carlos se lee un cuento en voz alta, tal como lo hacía su madre. Ella está en el hospital y no lo puede hacer y, ante su ausencia, él trata de emular sus costumbres que eran descorchar páginas de espuma antes de irse a la cama.

Hoy dan de alta a su madre y Carlitos, mejor llamarle Carlos como a él le gusta, quiere darla una sorpresa. Su padre le ha dicho que el Covid de momento dificulta hablar correctamente a mamá, con lo cual ha pensado que se cambiarán los papeles y, mientras ella no mejore, él será el encargado de leer por las noches a su madre.

Por eso necesitaba el despertador de esencias para abrir su hucha de latón. Carmina, su profe, le ha contado que los cuentos de los mayores son distintos a los de los niños, por lo que va a bajar con sus ahorros a la caja de los sueños- es así como llama su madre a las librerías- a comprar un cuento para ella.

Le ha costado abrir la hucha y en cuanto lo ha conseguido ha volcado sobre la mesa su feudo. Lo cuenta y apenas alcanzan a los siete euros. “¿Cuánto costará un cuento para mayores?” Se pregunta con incertidumbre. Así que se guarda los dineros en el bolsillo y al llegar al colegio pregunta a Carmina, la profe, si con ese dinero será suficiente. Ella sonríe y en un trozo de papel le anota “Libros de bolsillo”

Sale apresurado del colegio y se encamina a la caja de sueños donde va su madre siempre. Se ubica entre Esperanza de Triana y la calle Evangelista y se sienta en el bordillo a esperar, hay cola. Desde donde está sentado huele ese aroma que su madre llama el alma de los deseos…, tinta, papel, lápiz y goma de borrar.

Lo primero que hace al entrar es enseñar a doña Úrsula el papel de la maestra y luego depositar sus dineros encima del mostrador. Eleva su cabecita hacia la librera y le implora con esos ojos de niño que bailan entre bulerías de amor y pellizcos de inocencia.

  • Doña Úrsula, necesito el cuento más bonito del mundo, pero de mayores. Hoy me devuelven a mi madre y se ha quedado tartaja y, entonces, voy a leerla yo como ella hacía conmigo… Además, quiero que me lo envuelva en ese papel de estrellas que tiene ahí. Si no me alcanza el dinero, le prometo devolvérselo en cuanto vea a mi abuelo Remigio y me dé la propina, ¿vale, doña Úrsula?

Carlos acomoda lo mejor que puede la cabeza de su madre sobre los cojines y la mira misteriosamente:

  • Mami, cierra los ojos que vamos a volar… “Abelardo ya ve como se acerca Joseba tirando de su pollino Lucrecio y el botijo en ristre “¡Manda huevos!”, increpa Abelardo “La gente normal tiene un chucho como animal de compañía, pero tener un burro, llamarlo Lucrecio y meterle en casa, no entiendo como tu mujer te lo aguanta” Joseba se ríe con las voces de su amigo y eso le hace feliz que todos los días le diga lo mismo “Jamás entenderás mi amor por los burros, es igual, sólo te digo que ahí donde ves a Lucrecio, él no da suerte ni nada, pero es de Zamora y le gusta nuestras charlas”… Mami, ¿alguna vez podremos tener un Lucrecio?…

La madre de Carlos no contesta, se ha dormido con la misma sonrisa que lo hacía Carlitos cuando ella le leía a él. Y el niño la mira y se dice “Las páginas de espuma son mágicas”

¡Feliz domingo, mi Triana bonita

MªÁngeles Cantalapiedra, escritora